[Jeremías] “Maldito quien en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. (…) Yo, el Señor, penetro el corazón, para dar al hombre según el fruto de sus acciones.”

[Lucas] “Sucedió que se murió el mendigo (Lázaro) y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico (Epulón) y lo enterraron. Y estando en el infierno, levantando los ojos, gritó: -Padre Abrahán, ten piedad de mí. Pero Abrahán le contestó: -Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.”

Sería un error reducir el Evangelio y la vida cristiana que mana de Él a una exigente llamada a la justicia desde la defensa a ultranza de los pobres. Sí, sería un error, pero un error mucho mayor y mucho más frecuente es ignorar la centralidad de la virtud cardinal de la Justicia como catalizador de la relación de cada fiel con su Dios y, desde Él, con cada uno de sus semejantes ahora trocados en hermanos.

El ser humano fue creado como una naturaleza abierta, un ser incompleto pero misteriosamente llamado a la plenitud a través de una salida de sí mismo que lo conducirá a la comunión con sus semejantes a los que dar tanto y de los que recibir  más. De “los otros” depende la realización del “yo” en el “nosotros” de iguales y hermanos que se forma en torno a ese “Tú” en el que todos los que tienden a Él se encuentran y se unen entre sí.

Saliendo de la soledad del encierro en uno mismo nos encontramos con lo mejor de nosotros reflejado y multiplicado en ese alguien otro a quien se lo entregamos mientras aceptamos su propia entrega. Este encuentro es posible aun cuando uno de los dos se resista o falsee la entrega si el otro permanentemente “vive en salida”, hacia ese Otro con mayúscula que nos hace capaces de reproducir su modo de ser y encarnar la gratuidad de un Amor que siempre es ágape, es don, sea quien sea a quien tiene delante como objeto y receptor de dicho don.

Es desde esta dinámica, que muestra porqué y para qué somos así los humanos, que debemos leer la llamada a la opción preferencial por los pobres. No hay modo de ser humano al margen de la dinámica del encuentro; somos menos persona cuando somos lo que tenemos; perdemos toda humanidad cuando nos convertimos en seres “epulentos” que pasan de puntillas sobre los lazaretos en los que “arrojar las vueltas del café” para endulzar nuestra conciencia. Si no hacemos una opción decidida por ser causa de bendición y promoción para los desfavorecidos se nos dejará de favorecer cuando presentemos a Dios nuestro currículum cristiano sin los únicos sellos que le pueden dar peso y validez.