Con esta fiesta la Iglesia finaliza el tiempo de Navidad que hemos estado celebrando desde el 24 de diciembre. ¿Cómo puede ser que la celebración del día que se bautizó Jesús, ya adulto, sea parte del tiempo en que celebramos su nacimiento?

Cuando alguien a quien amamos se cae o tiene un accidente quedando malherido ante nosotros no nos quedamos quietos, mirando y lamentando el mal que se ha hecho. Lo más normal es que nos acerquemos hasta esa persona a la que queremos y le preguntemos cómo se encuentra primero para agacharnos hasta ella y recogerla con nuestras manos después, con cuidado, ayudándole a levantarse. Cuando hemos conseguido que se vuelva a poner en pie, caminamos a su lado sirviéndole de apoyo y la llevamos hasta donde puedan curar sus heridas. Justamente esto es lo que hace Dios con nosotros. En esto consiste la historia de la salvación y la Navidad.

Cuando el pueblo de Dios se despeñaba cuesta abajo por una vida infiel, los creyentes sufrieron numerosas caídas y accidentes -sus pecados  y las consecuencias de éstos- que les fueron llevando a una vida cada vez peor y más llena de enfrentamientos, conflictos y sufrimientos. Como Dios nos ama, no se quedó mirando y diciendo “Mira que os lo advertí”, sino que se acercó a ellos en los profetas del Antiguo Testamento para ofrecerles Su ayuda. En la plenitud de la expresión de su Amor por la humanidad, Dios se agachó hasta nosotros en la Encarnación de su Hijo, extendió sus brazos para ayudarnos a ponernos otra vez en pie y curarnos de nuestras heridas desde el vientre de María y con Su nacimiento en Belén.

En una nueva epifanía, como ante los parias de Israel y los Magos de Oriente, Jesús se bautizó sin necesitarlo para instituir el sacramento del Bautismo. En la encarnación Dios dio un paso hacia la humanidad uniéndose a todos nosotros y en la institución del sacramento del Bautismo nos muestra el camino para que cada uno pueda libremente dar ese paso hacia Él y unirse definitivamente a quien definitivamente ha querido unirse a cada uno de nosotros.

Al ser bautizados comenzamos a ser hijos de Dios por Jesús al formar ya parte del Cuerpo de Cristo, pero el Bautismo apunta a la Eucaristía como plenitud de nuestra iniciación como cristianos. Por la comunión eucarística somos hechos una sola carne con Jesús, miembros vivos de su Cuerpo con Su misma misión y con el mismo Espíritu Santo como luz que inspira nuestra conciencia y fuerza que hace progresiva y verdaderamente libre nuestra voluntad.

Por eso terminamos el tiempo de Navidad con la celebración del Bautismo del Señor: en el nacimiento de Jesús Dios Padre nos ofrece una nueva forma de vivir y por una vida desde el Bautismo y la Eucaristía nosotros aceptamos ese ofrecimiento y comenzamos a vivir una vida nueva de la mano de Jesús. La Navidad no termina hoy sino que verdaderamente comienza en todo aquel que lo desee convirtiéndose así en una prolongación de la Epifanía del Salvador bajo la Luz de Su mismo Espíritu en su conciencia.