[1Samuel] “Por tercera vez llamó el Señor a Samuel y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: -Aquí estoy; vengo porque me has llamado.
Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: -Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo te escucha.”

[Salmo] “Aquí, estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

[Marcos] “Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.”

El versículo del evangelio de hoy que hemos recogido retrata el plan de redención que Dios obra por su Hijo para sanar al hombre de la fiebre del pecado y llevarlo desde su condición natural de criatura a un género de vida movido por la gracia sobrenatural: la vida de los hijos de Dios que se relacionan y se ayudan, que se sirven recíprocamente como hermanos. Ahí toma fuerza el responsorio del Salmo, ahí encontramos la voluntad de Dios, hacia ella hemos de encaminar juntos nuestros pasos, iluminándonos recíprocamente para llevar a buen fin la tarea personal del discernimiento, como vemos en la escena del primer libro de Samuel entre Elí y el hijo de Ana, Samuel, llamado desde el vientre de su madre a ser un gran profeta.

Samuel goza desde el inicio de su existencia de una íntima relación con el Señor Dios de Israel pero no por ello se envanece ni engrandece, consciente de su pequeñez y de su necesidad de crecer y madurar a través de las mediaciones que le acercan a Dios. Samuel escucha a Elí y a quienes Dios ha puesto en su camino como mediaciones para aprender a discernir un camino franco por el que acceder a Dios a través de discernir y cumplir la voluntad del Señor de los ejércitos.

Por su parte, Elí es consciente de ser mediación e instrumento en manos de Dios. Por ello orienta a Samuel no para que le tome a él como referencia última o un maestro insobrepasable sino como un apoyo sobre el que auparse para alcanzar por sí mismo la luz y el saber que aún no tiene. Estas lecturas nos pueden resultar muy provechosas para comprender cómo construir sinodalidad cada uno de nosotros desde el entramado de relaciones comunitarias en las que clérigos, consagrados y laicos tenemos funciones diversas pero la misma dignidad de hijos de Dios y un idéntico fin, el cual alcanzaremos si cada uno hace lo que le es propio, superando la fiebre del ego dominador y “mandón” para reconocer y favorecer la función de los demás en aras de trenzar la comunión fraterna con los mimbres del servicio, la humildad y la escucha.