Desde el martes 26 de noviembre este proyecto es una realidad. Los que integramos este nuevo grupo parroquial tratamos de acoger la llamada del Papa Francisco a conocer y nutrirnos más de la Palabra de Dios.

PROPÓSITOS QUE PRETENDEMOS ALCANZAR:

  1. Formarnos para saber escuchar y acoger la Palabra de Dios en la oración y la meditación para la vida diaria.
  2. Cultivar la capacidad de leer las lecturas de la Palabra de Dios en la celebración de la Misa.
  3. Cuando el grupo lo estime oportuno, proveer de lectores de la Palabra a las cuatro celebraciones semanales de la Eucaristía dominical.

HORARIO DE ENCUENTROS/REUNIONES:

Los martes de 19:45 a 20:45 horas (horario de invierno), después de la celebración de la Misa y el rezo comunitario de las vísperas.

Para el horario de verano,  buscaríamos juntos la mejor opción.

ESTRUCTURA DE LOS ENCUENTROS:

  • “Media hora cumplida” de meditación y oración desde las lecturas del Domingo con una brevísima explicación, esto sólo cuando sea necesario.
  • “Media hora corta” de formación desde una lectura comentada de la Constitución Conciliar Dei Verbum (sobre la Palabra de Dios) del Vaticano II.

Nuestro modelo de oyente de la Palabra, María.

El papel de la Palabra en la vida de la Iglesia y en la vida de cada cristiano lo podemos identificar en María. Comencemos a buscar en las bodas de Caná, la intervención de María y la enigmática respuesta que recibió de su Hijo: “¿Que tengo yo contigo, *mujer*?.”

Jesús no se sujeta, como hombre y como Hijo, a más autoridad que a la del Padre Dios y, por eso, a Su madre, cuándo ésta trata de arrancarle un prodigio en favor de los novios de Caná, se lo deja claro llamándola no “madre” sino “mujer. ¿Por qué Jesús accedió finalmente a la petición de María?

“Tu madre y tus hermanos quieren verte”. Dijo Jesus: “Y, ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.  Aquí radica la autoridad de María ante Jesús, en ser la persona humana que, en toda la historia de la salvación pasada y futura, más inmediata, dócil y perfectamente ha hecho la voluntad del Padre. Hacia ella Jesús probaría la humana gratitud del hijo pero también, lo que fue definitivo en Caná de Galilea,  la complacencia del Amor divino del Hijo de Dios hacia quien se ha hecho uno con Él,  hacia María, a la hora de hacer de la obediencia al Padre su único y mayor tesoro a saciedad.

Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Jesús, es más dichosa por ser discípula espiritual de Cristo que por ser Su madre biológica.

María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su Maestro, lo llevó en su seno y fue madre por la escucha y la obediencia a la Palabra antes que por gestar y dar a luz. Prueba de esto es la respuesta que dio Jesús cuando, a voces, dijo una mujer: “Dichoso el vientre que te llevó’; “Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. María es bienaventurada porque escuchó la Palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno y gestó el Cuerpo de Cristo, pero antes, durante y después, guardó en su mente e hizo vida la Palabra de Dios por la obediencia.

María es parte de la Iglesia además de su miembro más eminente y santo; ella es maestra y madre de cristianos y por ella recordamos y apetecemos esa obediencia por la que la Palabra se gesta en nuestro corazón para ser dada a luz por las obras santas que el Espíritu nos inspira y mueve a hacer para bien de los demás (cf. 2Carta de S. Francisco a todos los fieles 50-53).

En María reconocemos y deseamos concebir a Jesucristo en nuestro cuerpo consagrado desde nuestro bautismo para Él a través de acoger dócilmente Su Palabra, comulgar Su Cuerpo y hacer sus mismas obras desde la conciencia de ser una sola carne con Él y a Él pertenecerle como Él nos pertenece. Así resplandece en María, como un desafío, como una invitación, la vida del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.