Cuando decimos que una persona tiene una gran fe estamos manifestando que en su vida hay una constante referencia a Dios, que confía en todo momento y encuentra en Él consuelo y la firmeza de la esperanza en los momentos de mayor dolor o dificultad. Esto es lo que supone ser una persona de fe, pero si miramos a María encontramos todavía más, mucho más.

“La fe viene por la escucha” (Romanos 10, 17) y María es la mujer que convirtió todo su silencio en escucha de la Palabra de Dios y toda su vida en expresión y ejercicio de la Palabra que dio a luz para el mundo.  Porque María acogió la Palabra, primero por la escucha obediente y después físicamente en su propio cuerpo, vivía la urgencia de la Caridad, como en la Visitación; la compasión y la solicitud, como en Caná de Galilea; la humildad ante las palabras de su Hijo que no entendía pero que atesoraba en su corazón esperando el momento de comprenderlas.  De entre todos los rasgos que, junto con éstos, podríamos enumerar quizás son estos tres los que más nos pueden interpelar a los cristianos de hoy.

Una escucha amante para hacer ofrenda del “sí ” de la propia voluntad al Dios a quien se ama;  anteponer las necesidades ajenas a las propias y sentirse conmovido primero y movido después ante el dolor ajeno desde la fuerza de la Palabra escuchada; confiar en la Sabiduría de Dios cuando la propia sabiduría no acierta todavía a comprender, para esperar en la oración y en la búsqueda el momento adecuado. Tres rasgos estos de una mujer creyente que nos quiere enseñar a serlo también nosotros, un poco más cada día.