800 años del encuentro entre S. Francisco de Asís y el sultán Al-Malik Al-Kamil

El centenario del encuentro de Francisco con Al-Malik Al-Kamil en Damieta en 1219 nos invita a preguntarnos nuevamente cuáles acciones y palabras serían agradables a Dios en medio del pluralismo y complejidad del mundo actual.

Hace 800 años, S. Francisco, zarpó hacia Egipto, realizando su sueño de ir entre los musulmanes. Llegado al  campamento de los cruzados, vio cristianos que, a través de años de predicación y de retórica sobre la guerra santa bajo el grito “¡Dios lo quiere!”, habían sido adoctrinados para despreciar a los musulmanes. Esos mismos musulmanes tenían toda la razón para despreciar a Francisco conjeturando que él, cristiano, era un enemigo y no un portador de paz. Hoy celebramos lo que nadie en ese tiempo podía haber previsto: que un hombre lleno de Dios, desarmado y sin riquezas ni sirvientes, atravesó las líneas ¿enemigas?para pedir un encuentro con Al-Malik Al-Kamil.

Francisco fue conducido hasta el Sultán y disfrutó de su hospitalidad; después, regresó de la visita para  reflexionar de nuevo sobre la misión de los Hermanos Menores. Volvió sano y salvo a su tierra natal “tocado” por lo que había visto “en tierra de infieles” y por ese encuentro y maduró una nueva visión para sus hermanos sobre cómo debían ir entre los musulmanes, sobre las    cosas que los hermanos debían hacer y decir a fin “que agraden al Señor”.

Capítulo XVI de la Regla no bulada, de S. Francisco
De los que van entre musulmanes y otros no cristianos

“Dice el Señor: Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como   palomas. Por eso, cualquier hermano que quiera ir entre musulmanes y otros no cristianos, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no    entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo,   redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios.”

Lo dicho más arriba responde a los hechos, a lo que es histórico y a cómo podemos escribir nuestra página de la historia desde la página de Francisco y el Sultán; las explicaciones almibaradas de lo que pasó son tan subjetivas como generalmente tendenciosas. Afirmar que el sultán fue presa de la palabra de San Francisco, que nuestro santo “se lo ganó” con un discurso lleno de talante conciliador, que ambos eran dos hombres tolerantes abiertos a la convivencia en la diversidad, …  son afirmaciones infundadas que surgen de la necesidad de justificar la propia postura ante cuestiones tan actuales como la  convivencia con musulmanes y el diálogo con el  Islam. Mirando con la objetividad posible aquel suceso, en aquel contexto de desconocimiento y enfrentamiento armado, tratemos de comprender que pasó.

Jerusalén era importante para los musulmanes. Es Al Quds, “La Sagrada”; desde allí Mahoma ascendió al cielo montado sobre un corcel.Por eso, para los   musulmanes, Jerusalén es la tercera ciudad sagrada tras la Meca y Medina. La tres veces santa fue tomada por los árabes en el siglo VII. Mientras los árabes se mostraron siempre muy tolerantes con los peregrinos cristianos que acudían a ella, los turcos, que  ocuparon Jerusalén en el año 1076, adoptaron una actitud hostil. Esto trenzó la tan negativa conciencia    occidental contra los infieles , sin distinguir a unos de otros .

A diferencia de las primeras cruzadas, las cruzadas del siglo XIII no  estuvieron encaminadas a la recuperación de Jerusalén, sino más bien a la conquista de nuevos lugares donde comerciar y desde donde obtener mayores beneficios en Oriente. Estos movimientos perdieron, por lo tanto, sentido religioso. La cuarta cruzada, 1204, fue promovida por comerciantes venecianos, que invitaron a nobles franceses a participar. A cambio de dinero, estos nobles contribuyeron con sus ejércitos. En lugar de dirigirse a Palestina, los cruzados tomaron Constantinopla, importante centro comercial entonces. Tomada Constantinopla, los cruzados fundaron el llamado Imperio Latino y lo mantuvieron hasta el año 1261. Este hecho distanció a Roma aun más de la Iglesia oficial de Bizancio; por eso, el Papa Inocencio III excomulgó a los cruzados.

Tras el Concilio IV de Letrán, en el que participó San Francisco, la quinta cruzada (1217-1221) fue comandada por el rey Andrés II de Hungría. Su objetivo era tomar Egipto y desde allí avanzar a Palestina. Una vez más, esta cruzada fracasó. La sexta cruzada fue emprendida en 1227 por el emperador Federico II de Alemania. Este monarca alcanzó a tomar Jerusalén, Belén y Nazaret. Sin embargo, entró en tratos comerciales con los turcos, lo que provocó un rechazo absoluto en Europa.

Las dos últimas cruzadas, sétima y octava, fueron organizadas en el año 1248 y 1268 por Luis IX o San Luis, rey de Francia. Estos movimientos recuperaron la finalidad religiosa de las primeras cruzadas; su objetivo era dominar el norte de África. Por eso los ataques se dirigieron contra Egipto y Túnez. Sin embargo, ambas expediciones fracasaron. La octava cruzada fue la última expedición al Oriente; con la caída de Acre el año 1291, terminó este importante episodio de la historia europea.

Los musulmanes habían conquistado Jerusalén y controlaban los puertos comerciales del mediterráneo oriental así como las caravanas de peregrinos cristianos a los que grababan con impuestos. El Papa  lanzó una nueva cruzada “contra el infiel” comandando a los príncipes cristianos que eran antes príncipes y señores que cristianos. Era la   guerra por economía, por territorio y también por cuestiones de fe.

El Sultán de Egipto era un musulmán culto y poderoso, un general, un rico señor y un devoto de su fe convencido de su causa. Como siglos antes mostrara en Iberia su correligionario Muhammad ibn Abi Amir al-Mansur (“Almanzor”), su fiereza ante los cristianos y su destreza militar y política eran semejantes a su devoción por Allah. El Sultán que se encontró con Francisco no era un ingenuo ni un creyente desorientado en búsqueda pero sí era un político y un militar víctima también de los prejuicios y el desconocimiento hacia la identidad de la fe de su enemigo.

En las cartas que el pobrecillo escribió a la vuelta de Tierra Santa da testimonio de lo que le había sorprendido de “aquellos infieles”. Como reflejan las biografías del siglo XIII, Francisco llama a todos a una más  frecuente oración, llama al repique de campanas (el “muezzín de las iglesias”) que mueva a tributar alabanzas al Creador, denuncia el poco cuidado de los lugares sagrados así como la moral de cumplimiento en la vida de oración y devoción de los cristianos. Tal vez se relacione esto con el origen de la oración del Ángelus,instituida más tarde por los franciscanos o que el Capítulo general de Pisa, de 1263 ordenara que los frailes rezasen un Avemaría al sonar la campana de la tarde.

Francisco “denuncia” tras sentirse sorprendido y denunciado al ver a aquellos infieles sarracenos acudir en masa a la oración a la voz del muezzín, emprender el ayuno del ramadán con alegría devota o venerar el suelo sagrado de las mezquitas con sus pies descalzos, con su    silencio y con su oración. La más exquisita y madura oración compuesta por San Francisco, “Alabanzas al Dios Altísimo”, tiene una estructura que recuerda sospechosamente a la oración de “los noventa y nueve nombres de Allah” pero no por ello deja de exclamar hasta el agotamiento la belleza y la revolucionaria novedad de la fe cristiana.

Mientras los sociólogos llaman a las tres religiones monoteístas “religiones del libro” por la centralidad de sus textos sagrados (la Toráh hebrea, la Biblia cristiana, el Corán musulmán), Francisco nos recuerda que el Cristianismo no se centra en un libro sino en la Persona de Jesucristo. Aquí radicaba la sorpresa de nuestro santo ante los piadosos musulmanes: sin conocer a Jesucristo y la Revelación que Él entregó sobre Dios, “los infieles” mostraban una devoción al Creador de todas las cosas con mucho superior a la del común del pueblo cristiano. En su sorpresa admirada Francisco pudo sentir la interpelación al no haber permitido que los prejuicios hacia los musulmanes ni las diferencia entre su fe y la de ellos le privaran de reconocer la huella de Dios en todo lo bueno que desde ellos a él y a nosotros nos exigen ser más de lo que somos hoy.

Esta actitud de San Francisco fue, seguramente, lo que “descolocó” al Sultán. Encontrarse ante un cristiano en búsqueda permanente de las semillas de Verdad esparcidas por Dios en todas Sus criaturas, abierto al encuentro desde la firmeza de su fe, desprendido de todo menos de esa fe como manifestaba el desvalimiento de su pobreza y la sencillez de su presencia en la vulnerabilidad y la indefensión; un cristiano convencido de no tener nada que temer y convincente porque nada había que temer ante él. Toda una sorpresa en un contexto de conflicto.

La Iglesia del siglo XIII estaba marcada por una profunda crisis eucarística. El IV Concilio de Letrán (1215) lo trató de atajar con diversas medidas que animaran el culto y la devoción de los fieles, y Francisco, que asistió a este Concilio, se hizo el primer cruzado de esa campaña de la Iglesiaparticularmente desde su regreso de Tierra Santa en 1219 a través de su predicación y de sus cartas a las Autoridades, a los Custodios y a los Clérigos. Estas tres cartas son escritas en un lapso de tiempo que se puede fijar entre el 1220 y 1222, sirviéndonos para fijar estas fechas los ecos que se hacen del viaje a Egipto de Francisco (1219), la bula “Sane cum Olin” (publicada en 1220, aunque se difundió a lo largo de 1221).

Desde la experiencia en tierra de sarracenos, Francisco escribe: “Y tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente”.

Este octavo centenario de un encuentro que hizo historia nos recuerda que nuestra fe no se defiende sino con el testimonio de una vida auténtica, una vida cuyos cimientos estén firmemente insertos en el Señor Jesús por quien el corazón, la mente y las manos se pueden abrir a todos con una actitud de búsqueda de la Paz y el Bien para todos y con todos, pues esa y no otra es la voluntad del Creador de todo bien.