[Marcos] “En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.”

Celebramos hoy a un santo japonés, el primero, el jesuita S. Pablo Miki, al franciscano español S. Pedro Bautista y a otros veintitrés franciscanos seglares más dos seglares jesuitas. Todos ellos fueron torturados y conducidos a la colina de Nagasaki donde fueron crucificados y alanceados por ser cristianos.

San Pedro Bautista llegó a Japón desde Filipinas, enviado como embajador de Felipe II, para acercar posturas con el Shogun de Japon, Taykosama. La tensión entre ambos reinos se personalizó en un primer momento entre S. Pedro y Hideyoshi Toyotomi, ministro del Shogun, quien sintió un profundo respeto ante la firmeza y mansedumbre del franciscano que rechazaba realizar los gestos de sumisión  y pleitesía que Toyotomi le exigía. A pesar de un notable acercamiento de posturas entre ambos, la presencia evangelizadora de los franciscanos y su opción por rescatar y atender a los pobres y ancianos que aquellos nipones arrojaban al río de la hoy Kyoto hizo insostenible la situación hasta que un nuevo y turbio incidente político dio con franciscanos y jesuitas en el martirio.

Antes que en Japón, el abulense S. Pedro había misionado en Filipinas y en México antes de allí. En todos esos lugares, él y sus “hermanos de cordón” se distinguieron por la defensa activa de la población indígena frente a los abusos de muchos occidentales que los seguían tomando como esclavos aunque el rey de España lo prohibiera en sus territorios. Vemos cómo la defensa de la dignidad de todo ser humano y el compromiso por los débiles y desechados de la sociedad fue lo que situó a los santos que celebramos hoy en el punto de mira de los enemigos del ser humano y, por consiguiente, también de Dios. Seamos herederos de S. Pedro en su pasión por Cristo y en su pasión por el ser humano, dos amores que no son más que uno solo y su consecuencia, dos amores que han de seguir transformando el mundo.