[Eclesiástico] “David, de todas sus empresas daba gracias, alabando la gloria del Dios Altísimo; de todo corazón amó a su Creador.”

Las lecturas de hoy nos presentan a dos hombres santos muy distintos, el rey David y Juan el Bautista, y así se nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre lo que significa vivir en santidad.

El Bautista fue tocado por “el dedo de la derecha del Padre” desde el seno materno y así consagrado por el Espíritu Santo para vivir del todo y siempre reservado sólo para Dios; David fue ungido rey en su mocedad a pesar de ser el más pequeño e irrelevante entre los hijos de Jesé por tener un corazón según el corazón de Dios. El Bautista llevó una vida de sacrificio y renuncia titánicos, colosales; David lo vivía todo desde la desmedida, el celo por Yahveh, la lucha contra los enemigos de Israel, la dedicación al culto al Señor… y también la pérdida de juicio ante distintas pasiones. El primero puede calificarse como “un santo de altar”, ejemplar, un canon elevado de vida santa; el segundo, si bien es reconocido santo del A.T. difícilmente alcanzaría ese rango de la canonización. Ambos son personajes insignes y referenciales del Antiguo Testamento y en ambos podemos encontrar signos que nos hablan de la santidad a la que nos llama Dios desde el Nuevo Testamento.

Un corazón entusiasmado por Dios y entregado a la defensa de lo que es justo y recto, una vida en la que los actos de culto son el manantial del que tomar el vigor y la fuerza para perseverar en la voluntad de Dios, la conciencia de la dimensión social de la propia fe en beneficio de los demás, la necesaria vida de penitencia ante la propia debilidad.  Estos rasgos son comunes a Juan y a David, si bien de modos muy distintos y por caminos a veces incluso divergentes.

Hay tantos modos de ser santo como santos se conozcan pero un corazón según el corazón de Dios, que se recompone y levanta cada vez que la debilidad humana lo envilece y rompe, es el rasgo en el que todos nos podemos encontrar y en el que todos podemos hallar esperanza: “Que el Dios de la paz os consagre totalmente y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo sea  custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirán sus promesas” (1Tesalonicenses). Su lealtad es nuestra esperanza.