[Marcos] “Cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaban los enfermos en camillas y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos.”

Como hoy en el relato de 1 Reyes, los pasajes con que en estas semanas se nos muestran los sentimientos de entusiasmo y unidad que brotaban en el Pueblo de Dios por el culto que giraba en torno al Arca de la Alianza, relatan una liturgia y una experiencia de Dios muy semejantes a las que puede gozar hoy el pueblo de los bautizados en la eucaristía, aunque con algunas importantes diferencias que nos hablan de la novedad de la Encarnación y de la identidad cristiana.

En la tienda del Encuentro y en el templo la gloria de Dios los llenaba y la nube lo cubría todo; Dios se manifestaba pero Su ser es siempre mayor de lo que puede entender el hombre. Así, Dios se vela a la vez que se revela para mostrarse y ocultarse según la capacidad de acogerle de aquél a quien se revela. Porque Jesucristo es la nueva Shekinah Yahve, la Presencia radiante de Dios dentro del nuevo arca, del nuevo templo y de la nueva tienda del Encuentro que es Su cuerpo, por ello, Su divinidad se vela tras la humanidad y se revela según la puedan y quieran reconocer aquellos a los que se entrega para que ellos se entreguen a Él.

Revelar y mantener oculto lo que se irá descubriendo es la dinámica de la Liturgia, en el antiguo Israel y también en el nuevo, en la Iglesia. La liturgia es el foco a través del cual Dios irradia Su ser y entrega Su gracia, se revela y manifiesta mientras mantiene el misterio de forma que el ser humano pueda participar de Él, nutrirse de Él y ser conducido hasta Él si acepta, si se implica, si comprende el Don al aceptarlo como tal, por gracia, para entrar en la dinámica de la correspondencia libérrima propia de la gratitud. Así, por la Liturgia, el cristiano experimenta la “synergia” del Espíritu por la que el Don que recibe lo transforma a imagen y semejanza de lo recibido convirtiéndole en un don para los demás como Don para él ha sido el Misterio trascendente de un Dios siempre mayor que, a pesar de la distancia, “la ha saltado” haciéndose uno con quien le quiera aceptar para tender a una Vida como la Suya asumiendo, un poco más cada día, la Vida del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.