[1Reyes] “¿Es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el cielo y en lo más alto del cielo, ¡cuánto menos en este templo que te he construido!”.

[Marcos] “Hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestras tradiciones.”

“Al que los cielos y la tierra no podían contener, la Virgen nazarena lo alojó es su estrecho seno virginal” (S. Francisco). Ni el fastuoso templo de Salomón podía, pero hubo otro templo en el que sí cupo la plenitud de la divinidad, el cuerpo de María Santísima en quien se inició la redignificación del ser humano por la Encarnación de Jesucristo. En Él, en la humanidad de Jesús -en todo como la nuestra menos en el pecado- se encuentra corporalmente la plenitud de la divinidad dotando de una nueva y altísima dignidad al que por creación fue hecho “tan solo un poco inferior a los ángeles” (salmo 8).

Porque el ser humano ha sido recreado en Cristo, porque toda humanidad ha sido consagrada y hecha capaz de acoger a Dios e intimar con Él todo hombre y toda mujer, los nacidos y los que aún esperan en el seno sus madres, los sanos y también los enfermos, los jóvenes y los ancianos gozan de una dignidad inviolable y sacrosanta que nadie puede instrumentalizar. Cada ser humano, todo ser humano desde su concepción hasta su muerte natural ES CRISTO PARA SUS SEMEJANTES, es un sacramento vivo de Su Persona y de Su Presencia, es una imagen del Cuerpo del Señor y el trato reverente y estremecido que un creyente le tributa a su Dios debe extenderse hacia todos sus semejantes por la misericordia solícita y la compasión paciente con que socorre sus necesidades, soporta sus carencias y atiende sus dolores.

Hoy se debate sobre el “derecho a morir con dignidad” mientras se revoca en muchos hospitales el derecho de enfermos y moribundos a tener una asistencia espiritual que les acompañe y sostenga en los momentos quizá más duros de su vida. Hay quien dice que es más fácil y más barato procurar la llamada “muerte digna” que proveer lo necesario para que el paciente viva con dignidad hasta el final. Veneremos y adoremos a Jesucristo en el cuerpo y la persona de cada bebé no nacido aún, en cada anciano, en cada enfermo y reivindiquemos en alta voz el derecho natural y sagrado a la vida por encima del inexistente derecho a morir y del aberrante derecho a matar.