“Levanto mis ojos a los montes. ¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 120).  El salmista hace esta exclamación unos años después de la escena sobre el rey Salomón y la reina de Saba que recoge hoy la primera lectura, lectura en la que se atisba el inicio del fin del esplendor de Salomón.

Con el reino de Israel unificado y fuerte que heredó de su padre, el rey David, la sabiduría de Salomón le hizo prosperar notablemente. Muchos pueblos vecinos se acercaron al poderoso rey de Israel para establecer alianzas, firmar tratados… Los regalos de materias preciosas y de esclavos así como los matrimonios eran los modos en que se establecían estos acuerdos. Fruto de ellos, y quizá también de tener menos sabiduría para sí que para los demás, fue que Salomón llegara a tener cerca de 100 esposas y más de 300 concubinas que llenaron las colinas que rodean Jerusalén de capillas dedicadas a sus dioses de origen. Salomón, tratando de contentar a sus favoritas, adoptó costumbres y ritos paganos y por su sincretismo y falta de templanza apartó su corazón de Yahveh y desencadenó la nueva ruina de Israel. Es el momento en que el salmista hace la exclamación del inicio de estas líneas y es la imagen con la que comprender hoy el evangelio.

[Marcos] “Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír, que oiga.”

Todo exceso y falta de medida desboca al potrillo del ego carnal y hedonista que todos llevamos dentro. Todo lo que suponga centrar el “yo” y el proyecto de vida en motivaciones sensibles y superficiales hace que esas metas materiales se conviertan en un amo al que todo lo demás servirá. “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” y cuando el corazón toma por dios y absoluto lo que no es sino relativo y contingente… ni la sabiduría de Salomón evitaría la ruina de esa persona como no pudo evitar la suya propia. La humildad es andar en verdad y la pobreza de espíritu la llave de la bienaventuranza. Ése ha de ser nuestro tesoro.