[Marcos] “Él le contestó: -«Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija.”

En las lecturas de hoy podemos reconocer cómo a menudo se abre una brecha poco menos que insalvable entre los hombres y Dios por la libre y tozuda autodeterminación del hombre al margen de quién la ofrece una alianza de amor para su plenitud. Dios respeta sobremanera el don de la libertad con que ha hecho humano al hombre aun cuando Su criatura más amada le da la espalda. Aún así, la sapiente omnipotencia divina no deja que el hombre se convierta en una isla; a lo sumo una península, por esa franja de tierra, por una puerta siempre abierta y dispuesta para que el hombre pueda retomar su unión con Quien le contiene y le confiere sentido y esperanza. Ésta es la historia de Israel en la primera lectura y de la mujer siro fenicia en el evangelio de hoy.

Una pagana que no se relaciona con el Dios de Israel sino con sus ídolos pero que acude a Jesús a pedirle lo que sus discípulos no le pueden dar. Jesús ¿la rechaza? No, pero le hace reconocer que Dios no es un dispensador de milagros sino un Padre amante que quiere que sus hijos le reconozcan como a tal. Porque “no da lo mismo 8 que 80”, Jesús hace recorrer un camino a la mujer hasta que ésta se vincula por la fe a ese hombre de Nazaret que es más que un hombre. Entonces llega la gracia porque quien pone en Dios su esperanza por la fe hecha vida no queda nunca defraudado.