[Salmo] R.//.: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.

“Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.”

El Señor Jesús envió a los Suyos a proseguir Su obra mediante el anuncio de la Buena Noticia que es el Evangelio y la puesta por obra de los signos de la llegada del Reino de Dios. Enviados con la misma pobreza y vulnerabilidad con las que vivió Jesús, los que participamos de Su mismo Espíritu y nos alimentamos del sacramento de Su Cuerpo y de Su Sangre hemos de asumir gozosamente como nuestros Su misión y Su estilo de desarrollarla: hemos de participar de Su pasión de amor por el Padre y de Su pasión de amor por cada ser humano.

Desde la misma era apostólica se ha vivido apasionadamente este mandato misionero que brota, como un entusiástico afán, en quienes han hecho experiencia de cuánto ha mejorado y embellecido su vida la Presencia de Jesucristo en ella.

A medida que la gracia de Dios en nosotros crece y se enseñorea de cada potencia o capacidad de nuestra alma vamos participando más y más de su Amor hacia todo ser humano, particularmente hacia aquellos que son orillados y descartados por el sistema social de turno a quienes nosotros sentimos la necesidad y la obligatoriedad de acompañar, sostener y alentar con una palabra desde el Evangelio y con un compromiso real por su bien, también desde el Evangelio.

Si no participamos de ese afán misionero hecho de divino humanismo, compasión, amor y compromiso… revisemos qué puede estar faltando en nuestra experiencia de Dios y en nuestra vivencia de la religión.