Cuando tenemos afán de protagonismo o de notoriedad, cuando tenemos algún sentido de superioridad o padecemos el “síndrome del aceite”  pues siempre tenemos que tener la última palabra nos sentimos fuertes, nos sentimos sabios… al menos más que otros. Entonces degustamos el sabor agridulce de la vanidad porque, junto con el gusto de sentir el pecho hinchado de uno mismo, sentimos la desazonada necesidad de “mantener el estatus” abajando a quien sea necesario para poder estar nosotros arriba.

[Santiago] “Si tenéis el corazón amargado por la envidia y las rivalidades, no andéis gloriándoos. Esa sabiduría no viene del cielo, sino que es terrena, animal, diabólica. Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es para y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.”

“Bienaventurados los pacíficos”, o “los mansos”, o “los que construyen la paz” (según traducciones). Éstos son pobres de espíritu y misericordiosos ya que no necesitan aparentar más de lo que son y son solidarios sostenedores de los demás en su flaqueza desde la conciencia de la suya propia. Estos sí son sabios y el fruto de su conciencia reconciliada con la verdad sobre sí mismos es la justicia en el trato con los demás. Estos son bienaventurados porque tienen la rica experiencia de la serena y sabrosa armonía que introduce en su vida seguir la voluntad de Dios.

[Salmo] “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón;.”

[Marcos] “Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: -«Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando. Vete y no vuelvas a entrar en él.» (…) -«¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?» Él les respondió: -«Esta especie sólo puede salir con oración.”

Los enfados y rivalidades suelen provenir de un desajuste entre la verdad sobre uno mismo o sobre los demás y lo que percibimos o queremos percibir. El demonio de la vanidad y la soberbia sólo se expulsa por una vida de oración por la que uno aprende a mirar a los demás y a uno mismo tal y como Dios nos mira. De la mano del conocimiento de la realidad en la verdad llega la serenidad y la mansedumbre por la que la persona reconoce que es lo que es ante Dios y no más. Entonces sí queda espacio en uno mismo para el Reino de Dios y la fraternidad.