“La ceniza” da inicio al tiempo de 40 días que emula la Cuaresma de AYUNO Y ORACIÓN con la que Jesús se preparó para iniciar Su ministerio redentor. La ceniza impuesta sobre nuestras cabezas es un signo de humildad por el que cada uno reconoce que la verdad de su vida no es precisamente como “la maquillamos” ante el espejo de nuestra inseguridad. La humildad que requiere acercarse a recibir la ceniza nos abre a la conciencia de radical igualdad con los demás. Somos todos parte del mismo barro tocado por Dios, el barro de la humanidad que Dios quiere convertir en sagrario de su Presencia.

La ceniza tiene poco valor pero es puesta en lo más alto; así, cada uno de nosotros, de gran valor para Dios a pesar de nuestras debilidades y pecados, seremos levantados por Él cada vez más alto cuanto más nos convirtamos a la Verdad sobre las cosas, sobre las “cuestiones de actualidad” y sobre nosotros mismos. La Cuaresma sirve para crecer en el conocimiento de quién es Dios, quién soy yo y cómo he de soltarme de tantas cosas e ideologías modernas que me impiden ascender hacia un encuentro más íntimo con Él y un encuentro más fraterno con mis semejantes.

Desear vivir pisando las huellas de Cristo requiere hoy la liberación de las fuerzas con que no pocas voces nos ponen contra el Evangelio y contra la Iglesia casi sin darnos cuenta. Quizá hoy el ayuno más importante tenga por objeto esos “alimentos ideológicos” que nunca debe tratar de digerir un estomago cristiano para que no nos envenenen la conciencia.

No olvidemos que, para los cristianos, la búsqueda de la Verdad y de la conciencia de la radical igualdad que nos une no se puede realizar de cualquier modo. A la hora de pretender objetivos nobles y justos que pueden señalarnos los signos de los tiempos ayunemos de cuanto nos envenene el pensamiento, busquemos la Verdad desde la oración y no olvidemos la misericordia y la comunión de la fraternidad que nos debe siempre distinguir. Busquemos buenos fines con los mejores medios a nuestro alcance, y no todos lo son.