La contrición perfecta
Perdón eficaz en el encierro

La misericordia de Dios nos acompaña a lo largo de todos los momentos importantes de nuestra vida a través de los medios instituidos por Cristo como cauces ordinarios y habituales de su gracia. Hablamos de los sacramentos. En lo referente al perdón de los pecados, teniendo como ejemplo la eficacia de la comunión espiritual para que la gracia de la Eucaristía llegue a nosotros cuando nosotros no nos podemos llegar hasta ella, recordemos cómo un acto de contrición ante el Dios de la misericordia nos alcanza el perdón de los pecados cuando no resulta razonablemente accesible acudir a la mediación del sacerdote.

La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición”) es eficaz para el perdón de los pecados veniales. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor a la condenación eterna. Este acto de contrición es imperfecto porque brota del deseo del bien propio y para evitar futuros males para uno mismo.

La contrición perfecta perdona los pecados veniales, graves y mortales. Supera a la anterior por la motivación de la compuncion. Ya no se siente dolor profundo de los pecados por el solo temor a la condenación sino, primeramente y sobre todo, por haber ofendido al Dios sumamente amado, por haber pagado con desamor y primitivo egoísmo al Amor de los amores, por haber desparramado y pisoteado con nuestro pecado la Sangre sacratisima con la que Dios pagó nuestro rescate. La contrición perfecta es el dolor profundo del pecador por amor al Dios a quien se ha ofendido y a los hermanos a quienes se ha herido con el pecado.

La contrición perfecta es válida y eficaz aunque no es “una alternativa ordinaria” al Sacramento de la Reconciliacion sino que es otro cauce de misericordia que se levanta desde nuestro sacerdocio comun bautismal para cuando la disponibilidad de confesores sea escasa o nula (zonas con escasez de clero, situación de guerra, desastres naturales o epidemias…). Es un acto que brota espontáneo del amor vivo y puro hacia Dios, es fruto de la íntima y dulce vida de comunión con Él y esto es algo a lo que debemos aspirar todos si es que nuestra fe lo es en verdad y creemos por algo más que porque así nos han criado nuestros mayores.

La certeza total de haber obtenido el perdón nos viene por las manos del sacerdote-confesor pero no por ello hemos de descuidar la pureza del amor por Dios, sobre todo cuando más lo necesitamos. Por la pureza de ese amor, el perdón que se nos da por la contrición perfecta nos moverá a acudir a un sacerdote a confesar esos pecados en cuanto tengamos una ocasión razonable. Es el “voto confessionis” de la contrición perfecta.

En estos tiempos de Alerta Sanitaria Nacional vivamos la comunión espiritual y ejercitemos nuestro amor a Dios pidiendo la gracia de amarle de tal modo que nuestro dolor de los pecados nazca del amor a El y no del amor a nosotros mismos y del miedo a la perdición eterna. La confesión sacramental es más dulce, frecuente y fecunda cuando el penitente busca más el abrazo compungido al Dios a quien quiere amar sobre todas las cosas que el mismo perdón de los pecados que le separaron de Él.

Pidamos que nuestro amor a Dios sea tal que sintamos verdadera aversión al pecado con estas o semejantes palabras:

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.”