[Isaías] “Así dice el Señor: «Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.”

“Porque existe el mal, si Dios es bueno no es omnipotente porque detestando el mal no puede acabar con él; y si es omnipotente no es bueno pues pudiendo acabar con él no quiere hacerlo”. Esta frase, la “aporía de Boecio” que da inicio a todo debate sobre “teodicea”, sobre “la justificación de Dios ante el misterio del mal”, está con formulaciones diversas en la mente de incontables creyentes en este tiempo y son muchos los intentos de responder a la crisis de conciencia que puede suscitar el “mysterium iniquitatis”, el misterio de la iniquidad que lo llamaba San Pablo en medio de una Creación que es buena y con el Reino de Dios ya presente y operante en sus entrañas.

La enfermedad es natural como lo es la muerte pero la injusticia es el verdadero mal y no es algo natural sino obra del abuso pecador que el ser humano hace de su libertad ofendiendo a Dios por perjudicar hasta la muerte a muchos de sus semejantes.

Las enfermedades son parte de la contingencia y la debilidad de la materia orgánica de la que estamos hechos pero no es parte de nuestra naturaleza propiciar o ignorar indolentes la indefensión de los pobres ante la pobreza y ante las enfermedades que se ceban en ellos más que en nadie; no es natural ni inevitable la manipulación de la conciencia colectiva, el abuso caciquil del poder en beneficio propio y de unos pocos a costa de la salud y la vida de muchos más. Este es el verdadero mal, es obra del hombre y es evitable.

No es razonable, opino yo con prudencia, decir que Romanos 8, 28 (“A los que aman a Dios todo les sirve para el bien”) significa que todo puede ser bueno porque “lo que quiere Dios sucede y lo que Dios no quiere no sucede”. No es razonable, creo yo con temor y temblor, mirar al cielo estos días y decir cosas como “¿por qué?”, “¿qué hemos hecho nosotros y tantos otros para merecer esto?”, “¿cuál es el sentido de esto o el mensaje a recibir?”.

El abuso de la ética por la ciencia y la economía del hombre, la creación de mil elementos biológicos nocivos y de tantas formas de contaminación y degradación de la naturaleza son obra de la humanidad. Porque muchos juegan a ser dios dándole la espalda a Él son muchos más los que padecen las consecuencias de sus juegos y dislates. “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” porque el creyente opta por vivir desde el amor, la justicia y la abnegación hasta dar su vida por el bien de otros, acogiendo el dolor que la injusticia o la enfermedad le causan como Jesús los acogió, ofreciéndose y ofreciéndolos tras haber pasado por este mundo haciendo el bien. Así la injusticia no destruye al fiel ni la amargura lo frustra porque él hace que tenga sentido, su santificación y el bien de los demás, lo que de por sí no tiene ningún sentido.

¿Por qué el 10% de los fallecidos por coronavirus en España son sanitarios? ¿Quizá porque trabajan a riesgo de su vida con poco más que un papelillo de arroz sobre la boca como protección? ¿Quien es el responsable de esto o de que no podamos saber si estamos o no infectados porque no nos pueden hacer el test, o de que no haya camas ni respiradores suficientes ya antes del gran repunte de la enfermedad? ¿Es Dios el responsable o lo somos cada uno de nosotros en los diversos grados de responsabilidad que la posición e influencia de cada uno suponga? Busquemos en el cielo un consuelo y una luz que señale cómo caminar hacia la salida pero no busquemos arriba un responsable ni la autoría que mueve cualquier enfermedad.

Si escuchamos la voz de Dios en la Doctrina sobre Moral Social de la Iglesia aprenderemos por qué no podemos ser tan irresponsables e imprudentes por no cambiar nuestras costumbres, incluso las religiosas; aprenderemos a escuchar el clamor de Dios en las abrumadoras carencias de los vecinos más pobres y vulnerables; aprenderemos a ser luz en medio de las tinieblas que otros generan. Tratar de dar una respuesta al misterio del mal es manosear el misterio que, por definición, es lo que escapa a nuestra razón. Podríamos aceptar que la realidad es la que es mientras tratamos de hacer juntos que sea mejor. “Una cosa es predicar y otra dar trigo” y en estos tiempos hacen falta más hijos del Reino que peritos de respuestas a lo que no podemos dar ninguna.