El cuerpo humano es frágil en su fascinante complejidad. Ante agresiones feroces como las que estamos viviendo en estas semanas de pandemia global quizá podemos sentir nuestro propio cuerpo como demasiado vulnerable, insoportablemente débil. Por ello recordemos, hoy como nunca, de qué Cuerpo somos miembros, cuál es nuestro más potente alimento y a Quién ve el Padre cuando nos mira, tan frágiles y pequeños como un condenado crucificado que amenaza resurrección.

[Juan 2, 19] “Destruid este templo y en tres días lo levantaré (…). Pero ellos no comprendieron que hablaba del templo de Su Cuerpo.”

[Juan 19,31-37] “Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.”

[Ezequiel] “Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo. (…) Estas aguas fluyen y desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida.

El evangelista San Juan bien supo comprender la profunda resonancia de las palabras de Jesús y cómo el Señor crucificado cumplía en sí mismo perfectísimamente el oráculo de Ezequiel de la primera lectura de hoy.

Toda la antigua Alianza y cada intervención de Dios en la historia de la humanidad tiene valor salvífico y fuerza sanadora para la vida del hombre pero solo en Jesucristo encuentran plenitud, solo en el Cuerpo de Jesucristo se nos ofrece la salud eterna, la sanación del único mal que destruye al hombre y al único que hemos de temer: el pecado como negación de Dios.

[Juan] “Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos.”

La piscina de Betesda tenía “cinco soportales”, nos dice San Juan, en alusión a los cinco libros de la Ley judía -el Pentateuco- ante quien se amontonaban los enfermos sedientos de sanación. Solo Jesús, no Moisés ni ningún otro gran hombre de Dios, ofrece el agua viva que anida en nosotros como un torrente que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14) porque es un agua que mana junto con Su sangre (cf. Juan 19, 37), un agua transformada en el vino nuevo de las bodas (cf. Juan 2, 1-11) de quien acepta vivir en el torrente de Cristo que es la espiritualidad del Bautismo, la vida del Evangelio.

“¿Quieres quedar sano?” pregunta Jesús al paralítico. Busca el agua de Cristo donde se encuentra, báñate, bebé, transformarte en cisterna que la recoge y después en surtidor que la comparte. Busca esas fuentes de donde el agua de Cristo mana y convierte tu hogar, tu vida, tu quehacer cotidiano en un manantial porque tu eres Cuerpo de Cristo pues a Él perteneces y en ti el templo de Su Cuerpo se hace presente para dar vida nueva hoy como lo hizo ayer. Vive de Cristo.