La solemnidad de hoy exalta el misterio de la amorosa humildad con que Dios hipoteca Su omnipotencia en aras de la solicitud por Su criatura más amada. Dios, pudiendo realizar la Redención de múltiples modos ha elegido contar de tal modo con las criaturas a redimir que condiciona dicha Redención al “sí” solicitado a la voluntad libre de una de ellas, la más hermosa, la más pura, “y la virgen se llamaba María”.

La Salvación y Redención obradas por Jesucristo con Su Palabra y Su Vida entregada hasta la Cruz y más allá es una “redención en camino” que sigue conquistando corazones como sigue convirtiendo a Sí, siempre un poco más, los corazones de los que ya le han aceptado como esperanza suya por ser Salvador y como alegría y libertad por Maestro de Vida. Como el Señor contó con María para consumar el primer acto de la Redención sigue contando con nosotros para llevar Su obra adelante.

En estas semanas pasadas y por venir la Iglesia tiene un papel que hacer, cada bautizado tiene una responsabilidad disfrazada de oportunidad: ser ejemplares en la prudencia y el civismo remando hacia las fuentes donde la autenticidad militante encuentra cauces nuevos en la creatividad.

“Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” y “El que te creó sin ti no te salvará sin ti” nos llaman desde nuestra Sagrada Tradición a confiar y a entregarnos con ese Amor de Dios que, como la luz en la que se contienen todos los colores, contiene todas las virtudes y se aplica sobre quien padece con tanta misericordia como verdad y justicia, con tanta radicalidad y magnanimidad como prudencia y discernimiento. Hagamos profesión de fe encarnando el Amor de Dios como prolongación y memoria viva de la Encarnación de Su Hijo.