[Éxodo] “Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”» Y el Señor añadió a Moisés: – «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos.”

[Juan] “Hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza.”

A muchos se nos ha pasado por la cabeza en estas semanas y a otros incluso se les ha pasado por la pluma hasta llegar a un papel una lectura de esta pandemia en línea con las doce plagas de Egipto. Ya que tenemos un conocimiento del misterio del obrar de Dios muchísimo mayor que el de los israelitas porque la Revelación en Cristo nos lo ha entregado, no vamos a caer en la facilona tentación de imponer sobre los hombros de Dios “el peso de la autoría” de esta plaga global. Aun así, bien podemos tomar como referencia aquel suceso para sacar nosotros alguna enseñanza y alguna nueva y reforzada motivación para mover el atrofiado músculo de nuestra conversión integral.

No somos totipotentes ni eternos. Aunque el desarrollo de la técnica científica por la mano del hombre sea cada vez mayor y sus éxitos más logrados, cuando la técnica se separa de la ética la ciencia deja de servir a la humanidad y, a menudo, se convierte en un flácido espantapájaros que nada puede ante tantos enemigos como nos diezman cuando no en un muñeco animado aterrador y mal encarado que todo lo degrada haciendo surgir nuevos y más letales enemigos. Cuando la mano del hombre se separa, rebelde y adolescencial, de la mano de Dios resurge el estigma de Caín.

Todo saber humano debe ser profundamente humanista o será inhumano. La economía, el marketing, la política, la ciencia médica o farmacéutica, etc., no pueden perder de vista que el fin de todo saber y de todo poder es propiciar un progreso tendencialmente planetario, global, en lugar de urdir estructuras supranacionales e industrias multinacionales que exploten los avances del progreso para favorecer solo a bloques políticos concretos y grupos empresariales determinados.

No somos colosos. Somos una mota de polvo en el Universo, frágiles y tan pasajeros. Lo que nos hace grandes y capaces es sabernos tan amados y primados por un Creador que se ha hecho Padre nuestro para que consintamos en ser hijos Suyos desde la comunión de amor y solidaridad con nuestros hermanos, con la entera humanidad.

Nunca el ser humano ha dispuesto de mayor potencia en su saber y de mayor poder que en la actualidad. Los errores y pecados del ayer cuando se re-editan hoy muestran cómo el mundo que le da la espalda a Dios convierte a los hombres en lobos para los otros hombres. Que en nosotros no se encuentren los rasgos de inhumanidad que estamos viendo en muchos de los que hoy están haciendo más dañino un mal que nos ataca a todos. Que en nuestras manos nunca se encuentren esas armas y así lucharemos por un mundo mejor, más humano, más de Dios.