[Hechos] ” -‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?’. Pablo y Silas le contestaron: -‘Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia.’ “

Anunciamos a Jesucristo Salvador a un mundo que quiere salvarse a sí mismo y a unas gentes que nos contestan: “Y ¿de qué me va a salvar a mí tu Dios?”. Las recetas no sirven y los refritos con aceite rancio pasado dan ardor de estómago y de conciencia. Hemos de escuchar a esas gentes para dejarnos confrontar por su escepticismo y su incredulidad porque, muy probablemente, no es Dios quien les ha defraudado sino los que les presentamos un rostro de Dios que no suscita en ellos esperanza ni ilusión. Dejémonos confrontar por ello. ¿Que podemos perder?

[Salmo] “Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.”

[Juan] “Cuando venga (el Espíritu Santo), dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado.”

El mundo esta condenado porque rechaza al Salvador queriendo hacerse dios para sí mismo y pretendiendo recrear la vida, la familia, la sexualidad, la gestación y los nacimientos, la forma natural de morir, … ya que sigue fracasando en esa lucha contra la muerte que no deja de recordar al mundo y a los que son del mundo que nadie sino Dios es Señor de vida y muerte.

El mundo está condenado porque se precipita en un pozo cada vez más negro y más profundo cuanto más se ciñe las alas de Ícaro tratando de alcanzar al sol. La búsqueda de poder, de dinero, la manipulación de la naturaleza, la segregación humana, … no hacen sino más inhabitable el planeta cada vez, con un medio ambiente más y más degradado en el que cada vez es más costoso progresar y hasta sobrevivir para la mayor parte de la humanidad. Por eso el mundo está condenado, porque las obras del mundo se han convertido en su propio juez y en su verdugo.

De todo ello nos salva Jesús, de no saber vivir o no poder sino como nos impone el mundo a través de tantas consignas comerciales y políticas; de eso nos salva el Señor al revelarnos la dignidad de todo ser humano y un sentido para vivir que integra, asume y supera la frustración de una juventud que se pasa y la negación del endiosamiento fracasado del mundo ante la enfermedad y la muerte. Cristo nos salva de no saber quiénes somos, de no saber vivir y las gentes lo comprenderán cuando vean que nosotros sí lo sabemos y sabemos cómo llevar una vida buena y feliz que hace felices a otros, y también a ellos.