[Hechos] “Estando Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión: -‘No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo, y nadie se atreverá a hacerte daño; muchos de esta ciudad son pueblo mío’.”

Corinto era una ciudad portuaria muy próspera con incontables mercaderes y navíos pasando por ella y generando riqueza. Era una ciudad cuyos habitantes estaban encantados de sí mismos y abandonados a las placenteras mieles que proporciona el dinero cambiando de manos.

La inmoralidad de Corinto encuentra numerosos ecos en las cartas de Pablo tanto en lo relativo a la moral social, por la discriminación de los pobres incluso entre los cristianos, como también en lo tocante a la moral sexual. Como dato ilustrativo, con no más de trescientos mil habitantes en esta ciudad las prostitutas se llegaron a contar por varios miles. De esta ciudad, que no destacaba más que por su comercio y su inmoralidad, Dios le susurra a Pablo: “Sigue hablando y no te calles; muchos de esta ciudad son pueblo mío.”

“El bien no hace ruido y el ruido no hace bien.” En medio de una sociedad como la nuestra, pansexualizada y azotada por la corrupción política, marcada por el materialismo consumista y al borde de la que quizá sea su mayor crisis de la historia -descontando, claro, los enfrentamientos armados- hay incontables hombres y mujeres de todo signo, credo y condición con buena conciencia y que callan ante los abusos e injusticias por temor a exponerse; junto a estos se concita un ejército de hombres y mujeres de buena voluntad que no hacen ruido pero tampoco callan, no vociferando atacan primero y sólo a las causas de la injusticia y a las estructuras que las generan mientras promueven una vida mejor para las víctimas.

En medio de “nuestra Corinto” todos esos son pueblo del Señor aunque no sean parte de la Iglesia o ni tan siquiera crean en Dios porque no se puede hacer tanto bien sin que su mano alargue la de Aquel que no conocen pero que bien los conoce a ellos. “Hay muchos primeros que serán últimos y últimos que serán primeros.” No nos confundamos, cristianos, y recordemos revisar nuestra escala de prioridades no sea que ni se acerque a la escala de prioridades de Dios.