Estamos apurando el tiempo de Pascua en una situación dura que pone a prueba nuestra identidad y conciencia creyentes así como nuestra esperanza por tantas víctimas, por tanto sufrimiento y por las consecuencias que podemos prever pueden cernirse sobre nuestra sociedad, particularmente sobre la clase media.

En este tiempo de “pascua atribulada” tenemos mayor necesidad de volver los ojos y los afectos hacia la plenitud de la Revelación sobre Dios y sobre el ser humano que se nos da en Jesucristo. El Hijo eterno se encarna, Dios se hace hombre en la Persona divina que es Jesucristo. Él es verdadero Dios y verdadero hombre porque ha tomado la naturaleza humana como propia sin que sufra menoscabo ni cambio su naturaleza divina.

La humanidad que pertenece a la Persona divina del Verbo encarnado es plenamente humana, la misma que la de todos los interlocutores excepto en lo relativo al pecado. La naturaleza divina de Cristo hace crecer en estatura, sabiduría y gracia esa naturaleza humana de Jesús y Dios dilata y engrandece hasta Su misma estatura y medida nuestra propia humanidad personal al hacerlo en la naturaleza humana de su Hijo encarnado. La Resurrección de Jesús es el último acto de esta nueva creación de la naturaleza humana de todos nosotros por la recreación/glorificación de la naturaleza humana de Jesús resucitado.

Todo lo humano de Cristo, el Verbo encarnado, es de Dios. Por eso la humanidad de Jesús resucitado asciende hasta el seno del Padre y vive en Él, con Él y como Él para siempre. El camino del Evangelio por el que hemos de seguir a Jesucristo comienza en su Encarnación y termina en su Ascensión a los cielos. Para hacer ese camino, hasta el final, hasta la gloria eterna, se nos da en Pentecostés el don del Espíritu de Cristo.

Jesucristo es nuestro modelo de vida a lo largo de toda su existencia, no hasta el Calvario y ni tan siquiera hasta el sepulcro glorioso sino hasta su entrada en los Cielos no sólo como Dios sino también como hombre. Nuestra vocación es Jesucristo en el punto final de Su camino. Por eso Él es nuestro Camino, nuestra verdad y nuestra vida. Sin Él las crisis y pandemias, los fracasos y las traiciones amenazan con hacérsenos un absoluto irrevasable destruyendo toda esperanza. Volvamos a Cristo, a Jesús, al hombre que tiene corazón para empatizar y acogernos, al Dios que con la omnipotencia de Su Amor nos llama a no perderle de vista para no perder la luz de los ojos y la esperanza.