El nombre de la fiesta de hoy da cabida a múltiples interpretaciones de lo que significa la Cruz y el motivo por el cual es el signo por excelencia de los cristianos además de una necesaria referencia para nuestra vida diaria, particularmente durante los últimos seis meses… y lo que queda.

La Cruz nos recuerda los dolores que pasó por nosotros el Redentor y nos mueve a la contrición por nuestros pecados. La meditación de los Dolores de la Pasión de Jesucristo es un buen remedio contra la desidia y la mediocridad consentida así como contra la dureza de corazón con nuestros prójimos.

La Cruz también nos recuerda que los pesos y sufrimientos que conlleva nuestra vida están unidos a los que por nosotros soportó el Señor siempre que nosotros permanecemos unidos a Él por la búsqueda de una vida digna y noble, una vida de santidad. Así nos podemos ofrecer unidos a Él, haciendo que cada sufrimiento tenga valor corredentor porque se lo confiere el Redentor al que permanecemos unidos.

La Cruz es el signo más alto del Amor de Dios por cada miembro de la humanidad. “Cansado” de decirnos de múltiples modos cuánto y cómo nos ama, Dios nos lo manifestó de forma sumaria con una sola palabra, su Palabra eterna. La Cruz corona y rubrica con la sangre del Señor la revolución de la Encarnación y del mensaje de Jesucristo.

En la Cruz se realiza la redención del mundo y de la historia pero no por la fuerza del Todopoderoso sino por la omnipotencia de su Amor. Sobre el Calvario se nos da la prueba del uso fundamental que hace el Creador del mundo de su poder gastándolo en misericordia. Como dijo San Pedro de Alcántara comentando el salmo “Miserere”, “En todas tus obras, oh Dios, te mostraste magnífico pero en la misericordia te superaste a ti mismo.”