Las lecturas que hoy nos regala la Iglesia parece que nos sacan de la mirada habitual que solemos dirigir a María al pie de la cruz. Solemos revestir este día de tintes de tierna compasión hacia la Madre Dolorosa, una compasión que es justa y necesaria pero insuficiente si no es más que un sentimiento.

“Con-pasión”: “padecer con”, compartir los sufrimientos de alguien hasta empatizar con esa persona y “no sólo conmoverse sino también moverse” hacia ella para que su dolor sea menor. ¿Y cómo haremos esto ante la madre presente en el asesinato crudelísimo de su hijo, del único justo además, el que “pasó por este mundo haciendo el bien”? ¿Qué podríamos hacer ante tamaña injusticia? María, mujer eucarística, nos lo indica desde Caná de Galilea: “Haced lo que Él os diga.”

Contra cualquier injusticia sólo se puede luchar cuando la justicia va llenando cada vez más la propia vida. El mayor dolor de Nuestra Señora de los Dolores es que el sacrificio de su Hijo deje el corazón de los que nos decimos cristianos impasible y vacío de los únicos sentimientos que hacen legítima y fecunda la compasión: la resistencia y la rebeldía ante la injusticia planetaria así como el compromiso por hacerle la contra desde lo concreto de nuestros actos y opciones.

¿Un frente en el que hoy nosotros hemos de usar de compasión comprometida y reivindicante? En medio de esta tragedia mundial de nuestra pandemia nos están tratando de imponer en España una ley de eutanasia que pretende convertir los hospitales en patíbulos, los paliativos en guillotina y a los médicos en verdugos. ¿Y nos preguntamos cómo hacer menores los dolores de nuestra Señora? Reivindica el valor y la dignidad de toda vida desde el señorío de Dios sobre ella, exige cuidados, presupuestos y humanidad para los enfermos en lugar de dosis letales de calmantes. Somos ciudadanos; tenemos derechos. Somos cristianos; tenemos deberes. Cumplamos estos o nos arrebatarán aquellos.