Cuando alguien padece una enfermedad el médico distingue entre los síntomas y la causa subyacente que los genera porque solamente bajando la fiebre no sana el enfermo; hay que buscar la causa de esa fiebre y atajarla. Muchos ciudadanos de nuestra sociedad occidental muestran una compleja fiebre: consumismo, soledad, insolidaridad, desesperanza, indefensión, … Cada matiz suma grados en el termómetro de una sudorosa y a veces incluso delirante conciencia. Aquellos son los síntomas, este último es el mal.

En el Evangelio de hoy Jesús aparece como un sanador que quiere atajar el mal integral del ser humano y por ello se viste de cardiocirujano primero para terminar su intervención con instrumentos de neurocirujano. Los males del corazón pueden ser letales pero la falta de sentido vital y del gozo profundo que te lleva a vaciar más y más las manos para poder ofrecer tu abrazo fraterno a todo ser humano es un “mal neurológico” que brota de una conciencia vacía del resplandor de la Verdad.

San Cornelio, papa, y San Cipriano, obispo de Cartago, compartían un apasionado corazón que no buscaba sino la vida del Evangelio para sí y para todos los que dependían de ellos. Porque nadie tiene por sí mismo una visión completa de la Verdad ambos se enfrentaron fuertemente en numerosas ocasiones pero ambos llegaron a la meta no sólo por la generosidad de su corazón sino porque buscaron la Verdad sin creerse poseedores de la misma.

Ambos santos se necesitaban y se supieron completar para que cada uno pudiera entregar plenamente la vida a Jesucristo por el bien de los demás. Juntos atajaron su “incompletez neurológica” para ofrecer un norte cierto y claro a la fuerza del corazón de cada uno. No palpitemos a lo loco; busquemos una conciencia iluminada y recta -católica- para que ella gobierne la fuerza de nuestro corazón.