Dice el gran San Buenaventura (s. XIII): “Y aunque, por las muchas austeridades de su vida anterior y por haber llevado continuamente la cruz del Señor, estaba ya muy debilitado en su cuerpo, no se intimidó en absoluto, sino que se sintió aún más fuertemente animado para sufrir el martirio. En tal grado había prendido en él el incendio incontenible de amor hacia el buen Jesús hasta convertirse en una gran llamarada de fuego. Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos, fue transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado.”

El prodigio de la impresión de las llagas de Cristo en la carne de San Francisco responde al amor ardiente con el que el Santo persiguió la imitación de la Caridad de Dios hacia todos los hombres por el íntimo seguimiento de Su Hijo y su apasionado abrazo a la Verdad revelada que la Iglesia le entregaba. La debilidad humana de los eclesiásticos, los desencuentros con los hermanos y la frecuente incomprensión de las gentes no debilitaron la fe y el amor de Francisco, más bien ellas suplieron sus fuerzas corporales tan menguadas por causa de sus innumerables enfermedades.

Su conciencia y su voluntad, renovadas y transformadas en un espejo de las de Jesús, le llevaron a ser y vivir como el “alter Christus”, “otro cristo” o “Cristo otra vez” hasta su plena configuración con el Señor con la impresión de las cinco llagas en el “Calvario franciscano” que es la cima del monte Alverna. Esta fiesta nos recuerda cómo los momentos más punzantes de disgusto y debilidad nos pueden masacrar o también pueden sublimar y multiplicar lo mejor que somos y tenemos, aquello que Dios ha sembrado en nosotros para que podamos aminorar el efecto debilitante que las punzadas de la vida imprimen en la carne de los demás.