El lenguaje de un escrito antiguo está sujeto, como el nuestro, a la cultura del momento y a las corrientes filosóficas y demás circunstancias tanto del autor del escrito como de sus oyentes. Para comprender un texto de nuestro tiempo dentro de 2000 años se habrá de conocer la pandemia, las crisis económicas y morales, la triste historia de dictaduras, guerras y exterminios del siglo XX, etc. Sólo así se podrá comprender lo que un autor de hoy está diciendo con palabras y matices que quizá no signifiquen exactamente lo mismo mañana. Esto también sucede con los autores sagrados de la Biblia, lo mismo sucede con Pablo-autor.

Cuando leemos en las cartas paulinas palabras como “carne” o “cuerpo” con connotaciones negativas y asociadas a un modo concreto de obrar no significa que el autor fuera un maniqueo o un cátaro que despreciara lo material como algo malo, como un deudor encadenado a la herencia de Platón. En San Pablo lo “carnal”, “las obras de la carne”, “el cuerpo” o la negatividad asociada a lo corporal significan los principios más primarios e instintuales de nuestra naturaleza, lo más animal y desenfrenado que se puede encender en nuestro interior arrastrándonos sin más gobierno que las tentaciones, privándonos de libertad y realización personal plena.

Esta “carne”, este “cuerpo que me lleva a la ruina” (Rom 7, 24) es el ego primario que pone al “yo” más natural en el centro de la escena desplazando a los demás por haber primero desplazado a Dios para darse por entero a la búsqueda de la supervivencia y a la satisfacción de sus necesidades sensibles. Esta “ley de la selva”, esta vida “según el cuerpo” y “bajo el dominio de la carne” es enemiga de Dios porque somete al ser humano reduciéndole a su mínima expresión de humanidad y lo aleja de la vocación de plenitud y santidad con Dios para la que fue puesto en el ser.  Desde estos breves apuntes será sencillo y muy fructífero leer las lecturas de hoy aplicándonoslas e interpretando bajo su luz el estado actual de nuestro entorno social.

[Gálatas] “Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo.
Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el Reino de Dios.
En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.
Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.”

[Lucas] “En aquel tiempo, dijo el Señor: –¡Ay de vosotros, fariseos… ¡Ay de vosotros también, juristas…” [recordemos el número 79 de la “Fratelli Tutti” citado ayer].