Hoy celebramos a un obispo antioqueno, mártir del siglo II; hace dos días a una monja abulense de clausura del siglo XVI. Dos personas tan distintas alimentadas por un mismo Pan y un mismo Cáliz y por ellos, por Él,  consumiéndose de amor desde el encuentro primero con el Amado que no hacía sino multiplicar el deseo de ambos por el encuentro pleno y postrero. Su experiencia de Dios puede alimentar la nuestra, debe hacerlo para rescatarnos de una esperanza meramente humana en este tiempo en que los contentos del mundo y los consuelos sensibles se nos retienen tras confinamientos, mascarillas y alarmas.

Las privaciones que nos impone este tiempo bien pueden poner de relieve la insuficiencia del mundo y la única suficiencia de Jesucristo para saciar el alma y aquietar el corazón centrándolo en lo único que es importante, en todo aquello que nos conduce a Aquel a quien solemos hacer a un lado, distraídos con lo aparentemente urgente. Y nos dirían ambos santos, ¿qué hay más urgente que aspirar a la excelencia de una vida feliz y desasida de todo lo que defrauda? Jesucristo, Eucaristía, Fraternidad. La Esperanza que no defrauda.

[De la carta de S. Ignacio a los Romanos] Mientras era llevado encadenado a Roma para ser martirizado, el santo escribió a los cristianos de Roma que planeaban liberarle: “Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre». No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible. No quiero ya vivir más la vida terrena.”

[De Sta. Teresa de Jesús] “Vivo sin vivir en mí,
y, tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo yo fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.”