[Efesios] “Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento: así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud.”

[Lucas] “–He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!.”

“Amor”. Palabra polisémica donde las haya, sobre todo hoy. Si siempre se ha usado la palabra para expresar múltiples sentimientos y encubrir otros intereses bajo capa de nobleza hoy es aún más confuso qué significa dicha palabra según quién y cuándo la pronuncie.

Amor es la raíz de nuestra humanidad y la linfa que da vida a nuestros miembros, moviéndonos hacia el bien del otro y realizando en ello nuestra propia personalidad. Amor es la clave para desentrañar el complejo enigma que somos cada uno de nosotros, siendo la luz que esclarece y da respuesta a las preguntas que orientan nuestro desarrollo personal y nuestro progreso como sociedad que, de otro modo, vagarían huérfanos y errabundos.

Amor es la razón por la que somos seres incompletos pero abiertos y proyectados al encuentro con quien nos espera fuera de nosotros mismos para devolvernos con un “yo” más auténtico e incompleto que si no hubiera conocido el “nosotros”. Es “el porqué” de nuestra evolución, de nuestra mano abierta, de nuestra frente amplia destacando el brillo de la mirada al reconocer a un semejante en el extraño y tendiéndose hacia él, cálida y amigablemente, hasta fundirse en un beso, si procediere, que manifiesta que nuestro alimento es reconocernos uno con aquellos que son nuestros iguales porque esa es la voluntad del Padre de todos.

“Porque Dios es Amor” (1Jn 4, 8) encontramos en Él el norte que nos guía y el sostén de nuestra esperanza en que nuestra vida y la del mundo serán mejores porque pueden serlo y haremos que lo sean. Sólo hace frente creer que es posible y amar para que sea, además, realidad. “Amaos como yo os he amado” (Jn 13, 34). ¿Aun nos parecen extraños los mandatos del Señor?