Las lecturas de hoy nos muestran los sentimientos de angustia y desesperación de la humanidad ante los desastres que acompañan a cada generación como muestra y anticipo del final de un mundo contingente como el nuestro. Esos sentimientos son fruto de haber concebido la vida sin referencia a Dios; una vida así, huérfana, a menudo se percibe como un tiempo sin más sentido que el que se pueda obtener del disfrute, el abuso y la injusticia que no miran más que al bien de uno mismo, un ser perdido en el universo sin una relación y una vinculación que lo rescate del acorralamiento de no ver en la vida mas que un camino hacia la muerte.

Al final del año cristiano, la liturgia siempre nos confronta con una pregunta de cuya respuesta depende la calidad y la hondura del año siguiente: “¿Cómo sería tu vida y tu muerte si Dios no estuviera contigo?”. La respuesta comporta una serie de opciones que nos definirán y nos sembrarán de aquello mismo de lo que queramos dar fruto. El salmo responsorial nos propone una semilla, una forma de cultivarnos, un camino de fecundidad… aunque siempre podemos tomar otro. Este duro tiempo de pandemia es un tiempo para elegir y para comenzar a ser lo que queramos ser.

[Salmo] “Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores. Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.”