Con el esquema social actual, la vida moderna se hace más difícil, acelerada y compleja de lo que podría ser. Los ciudadanos normales a menudo padecemos un nivel de indefensión, vulnerabilidad y manipulación que nos introduce en un bucle de sentimientos entre el desánimo y el escepticismo. Estos sentimientos, de no ser removidos por una motivación y una comprensión de la vida que no dependa de la sociedad, nos vuelven materialistas, individualistas y primarios, como animales acorralados que buscan un modo de sobrevivir.

Cuando todo vale para tantos, los ciudadanos de a pie estamos fuertemente tentados de usar algo de ese “todo vale” para obtener algo que calme la angustia de sentirnos marionetas de un guiñol que no hemos elegido y en el que no podemos influir. La vida de cada persona es demasiado preciosa como para reducirse a un número más de Hacienda, del Inem, del censo electoral… Si alguien no está aún convencido de ello Jesucristo sí lo está y sigue apostando por la libertad, la felicidad y la responsabilidad de todos y cada uno de los miembros de la humanidad.

La llamada a nuestra responsabilidad moral propia de este tiempo litúrgico es una llamada, no una amenaza. Cuando la Palabra de Dios nos recuerda lo contingente y fugaz de todo lo creado es para poner de manifiesto ante nuestra conciencia que no participamos de la futilidad de las cosas por no ser simples criaturas sino un “proyecto de hijos de Dios” en el que la capacidad de decidir cómo se vive lo que a cada uno le toca vivir marca la diferencia entre una existencia sometida al devenir de acontecimientos urdido por otros y otro modo de existir en el que hay Alguien que nos hace capaces de seguir luchando con responsabilidad por nuestra libertad y por la felicidad compartida que más crece cuanto a más personas alcanza.

[Lucas] “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.”