[Romanos] “Si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.”

Hasta la Escolástica y la racionalización teológica de la fe cristiana primero y el giro racionalista que dio Descartes al pensamiento occidental siglos después, la palabra “creer” no se ubicaba en el entendimiento, no se identificaba ni se reducía a un modo de pensar para entender la vida. “Creer” era y expresaba entonces un modo de vivir, de pensar, de sentir. Ese “creer” traía a la persona la salvación frente a la injusticia sin solución ni salida, frente a la muerte como punto y final del propio “yo” y frente a los propios pecados como algo imposible de superar.

“Dejaron las redes y lo siguieron” [Mateo]. Esa fue la experiencia de los apóstoles y de los primeros cristianos y por eso se convirtieron poco después en misioneros insofocables que extendieron la fe en Jesucristo y la noticia del Evangelio como modo de vida por todo el orbe conocido.

Aún se nos hacen insoportables las renuncias que nos impone el sistema político y económico actual porque todavía Jesús no es para nosotros esa perla o ese tesoro escondido que hace preciosa nuestra vida y la de los demás. La imprescindible conversión para nosotros pasa por estrechar nuestra vida de relación con Jesucristo a través de la oración y los sacramentos, recibiendo en todo ello el ánimo y la fuerza para obrar con Dios un cambio en nuestra forma de ser y de vivir, un cambio que marque la diferencia. Así fue para los Apóstoles y para todos los santos y así debe ser también para nosotros y en nosotros.