En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús cura a muchos enfermos y multiplica los panes. Podríamos decir, con una pizca de insolencia interesada, que porqué no los cura a todos y sigue multiplicando los panes pues es omnipotente y puede hacerlo. Observándola más sin participar en semejante irreverencia, como es decirle a Dios cómo tiene que hacer las cosas para “escurrir el propio bulto”, hemos de reconocer que la “Redención en camino” que el Señor realizó nos involucra a todos como beneficiarios pero también como agentes del avance de los frutos de dicha Redención.

Si somos una misma familia, si nuestra especie humana es más una fraternidad de iguales que una simple parte del reino animal entonces nos dejaremos interpelar y nos pondremos en camino por el camino de la fraternidad que es Cristo.

[Isaías] “Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros.”

Isaías presenta cómo el Señor hará justicia al final de los tiempos, supliendo las deficiencias que la dimensión ministerial y fraterna que comporta “ser humano” haya dejado insertas en el surco de la historia pero lo que hagamos en esta vida tendrá su eco en la eternidad y más aún cuanto de bueno y posible no hagamos.

Es algo elemental reconocer que ninguno de nosotros cambiará el mundo pero también es demasiado elemental, primitivo y egoísta no hacer nada por mejorarlo, por cambiar el mundo de quien pueda volver a levantar la cabeza con esperanza por recibir esa mano de la Providencia que hemos de ser cada uno para ayudar a levantar los pesos y cargas que a tantos someten y doblegan. Es una cuestión de fe pero antes lo es de humanidad, y no se puede llegar a ser cristiano si no se es radicalmente humano, con algo de la humanidad divina de Cristo Jesús.