[1 Samuel] “Habla, que tu siervo te escucha.”

[Salmo] “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. Entonces yo digo: Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. 
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.”

[1 Corintios] “No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros.”

[Juan] “Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.”

Cuando San Juan escribió estas líneas del cuarto evangelio ya era un anciano. Sin embargo recordaba lo que pasó e incluso a la hora del día a la que aproximadamente pasó porque jamás pudo olvidar la insobrepasable y pacificadora confianza que le hicieron sentir la Presencia y la Palabra de Jesús de Nazaret.

La paz de poder confiar en la sinceridad de los demás y la serena obediencia a todo aquel que está de alguna manera por encima de nosotros son rasgos tan fundamentales para la vida del ser humano que, sin ellos, no se sostendría la sociedad. La vida en sociedad se degrada y corrompe cuando el paciente no confía y obedece en/a los médicos, el contribuyente en/a los administradores, el ciudadano en/a los cuerpos de seguridad, los hijos en/a los padres, los conductores en/a la señalización, etc.

No solo militares y religiosos vivimos bajo la disciplina de la obediencia pues todos ejercitamos dicha disciplina a diario y todos sabemos que, si bien no suele ser fácil sacrificar el propio parecer o decisiones personales ante el parecer y las decisiones de otra persona, es mucho más sencillo obedecer cuando la persona a la que se  obedece ha dado claras muestras de su buen juicio y de su entrega por la causa, trabajo o proyecto en la que los dos estamos involucrados. Por ello, cuando se piensa con serenidad y honestidad, el hecho de que un cristiano se rebele alzándose en desobediencia contra Dios y contra la Iglesia es, cuando menos, un signo de sinrazón que amenaza con arruinar la causa, el trabajo y el proyecto por el que Dios se ha unido a esa persona: su salvación, su plenitud y su felicidad.

Siendo dirigidos estos párrafos a todos pues todos hemos de ejercitar el músculo de la obediencia a diario para permanecer “en forma y con salud”,  vayan dirigidas las siguientes líneas a todos los que tenemos cualquier forma de autoridad en la sociedad civil o en la Iglesia. Ya seas policía o político, militar o sacerdote, gerente o progenitor…,  tanta culpa atesorarás y más rigurosa será tu sentencia cuánto más uses de tu autoridad  para tu propio beneficio en perjuicio de aquellos para cuyo bien esa autoridad te ha sido dada. “A quien más se le dio más se le pedirá.”