[Marcos] “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos?”.

[Hebreos] “Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. (…) 

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.”

Pasajes como el de Hebreos hoy dan cauce a ríos de tinta homilética sobre el valor y el sentido del dolor humano. Nadie puede pretender que su comprensión de la Escritura sea definitiva ni exhaustiva; la misma Iglesia no cesa de avanzar y obtener nuevos matices bajo la Luz que asegura el Espíritu Santo. Lo que sí podemos y debemos hacer cada uno es crecer con la Iglesia en una comprensión de cada pasaje que no desfigure los demás a fuerza de “meter con calzador” nuestra comprensión parcial y siempre perfectible de cada aspecto. “Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.” En esta reflexión vamos a hacer a un lado la teodicea sobre la razón, el origen y el sentido del sufrimiento y, desde otro pasaje de los escritos paulinos, vamos a plantearnos una cuestión ‘a priori” escandalosa: la utilidad del dolor. “A los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28).

El dolor fruto de la limitación de todo organismo vivo puede ser padecido “a lo natural”,  desde la rebelión y el rechazo de lo que es propio de nuestra naturaleza o de los acontecimientos que la golpean, o también puede ser vivido “a lo creyente”. La primera forma multiplica el sufrimiento por encima incluso del dolor; la segunda conduce a vivir el dolor con una carga menor de sufrimiento psicológico y espiritual.

El dolor de la enfermedad nos pone ante una verdad de la vida que solemos aparcar a un lado, en una calle muy secundaria de nuestra conciencia. El dolor es una constante en la vida de la humanidad, muchísimos lo experimentan casi como un estado de vida diario y nuestro propio dolor no es peor ni más injusto que el de los demás.  Importante es también que el dolor nos recuerda que esta vida no lo es todo, que estamos en la existencia por una razón mayor y que hay Alguien que nos puso en el ser, que nos acompaña en todo trance y que espera y desea el encuentro definitivo con cada uno de nosotros tras una vida en la que la relación con Él relativice mucho de lo que más nos asusta por convertir nosotros en absoluto lo que no lo es.

“Aprender a obedecer” por la influencia del dolor consiste en aprender a vivir bajo la mano benéfica de Dios, bajo la Sabiduría de Su Palabra y tendiendo hacia Él en todo momento porque somos Suyos y el dolor no nos puede privar de mirar nuestra vida, así como esté en cada momento, desde la perspectiva de la eternidad y del Dios que la llena y quiere llenar también cada momento doloroso de este camino hacia Él que son los días de nuestra vida. El dolor propio nos puede enseñar a compadecer activamente a los demás, a luchar por las víctimas, a cuidar y confortar a los sufrientes como también nos enseña a mirar nuestra vida y a nuestra persona desde la perspectiva de Dios y de la vida eterna antes que lo tengamos que aprender por extrema necesidad. Aprender a ser hijo también incluye aprender a vivir con la esperanza que sólo el primado de Dios puede otorgar. Piensa en lo hermoso que es nuestro planeta visto desde el espacio, que grande y armónico en su pertenencia a algo mucho mayor. Mírate así -también con tu dolor- desde fuera, desde el cielo, desde Dios.