[Isaías] “Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve.”

[Mateo] “Letrados y los fariseos no hacen lo que dicen. Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.”

La lectura de fragmentos de la Sagrada Escritura como los de la Liturgia de hoy, antes incluso de comprenderlos en toda su fuerza interpelante, nos hacen sentir una especie de liberación interior a la vez que experimentamos el escozor de un acicate ilusionante. La Palabra nos recuerda cómo el camino de la Justicia promueve un nuevo orden social y puede hacer aflorar lo más hermoso y noble que todos llevamos dentro. Esto es algo tan atrayente que ningún ser humano de buena voluntad puede ser insensible ante el recordatorio de un ideal que responde a nuestra vocación primera: la comunión fraterna como estado de vida.

Con la Palabra tan frecuentemente entre las manos y en nuestros labios, ¿por qué no solemos pasar de una primera lectura y de la primera emoción? ¿Por qué la Palabra y la gracia que siempre lleva impresa para promover nuestra conversión no nos cambian?

Somos dóciles rehenes de la degradación social de occidente, adocenados y cautivos siervos de la degeneración de las instituciones y organismos que han de garantizar en nuestra sociedad la salvaguarda del bien común a través del pacífico desarrollo de las posibilidades, capacidades y derechos de cada individuo. Somos nuevos Esaú que malvenden por el plato de lentejas de la comodidad su derecho a protagonizar su propia historia, una historia llena de desafíos y de la apasionante aventura de vivir cada día transmitiendo la alegría y la belleza del Evangelio con la viva esperanza de llegar a construir,  juntos y además unidos, algo nuevo y vital en medio de un panorama social tan desalentador como mortecino.

Somos rehenes, cautivos y cómplices de la atonía y del aburrimiento vital de muchas de nuestras comunidades cristianas, en gran medida, por un cautiverio anterior a todos y más peligroso que ninguno de ellos: somos rehenes de nuestro propio ego. El espíritu débil y la carne cobarde languidecen bajo el individualismo burgués que compatibilizamos de forma falaz con la vida del Evangelio y la conciencia de ello nos debería devolver a una nueva lectura de la Palabra para aprender a obrar bien y buscar el derecho.