[Éxodo] “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.”

La monolatría inaugurada por la exigencia de Yahveh a Israel de no dar culto a otros dioses, cuya existencia aún se creía, dio paso al monoteísmo que profesa a un solo Dios verdadero y da la espalda a la vaciedad de los ídolos que en el pasado “recibían” las plegarias de los israelitas a imitación de los pueblos vecinos. “Escucha Israel, hoy hago Alianza contigo. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”.

En la Alianza del Sinaí el ser humano recibe una nueva cualificación, un nuevo estatus, una nueva dignidad: ahora es digno de ser tomado por Dios como interlocutor y aliado, como criatura íntimamente asociada con su Creador en la obra de seis días que fue la Creación y que espera el gran Domingo que es Cristo para estar acabada, el séptimo día en el que el único juzgado digno abra el séptimo sello y desvele en sí mismo el misterio definitivo sobre esa sociedad humano-divina en Él consumada.

En el libro del Éxodo hoy se nos recuerdan los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, la formulación de la Ley Natural inserta en el hondón del alma y ahora explicitada al hombre en Moisés, sobre la cima del Sinaí, como “escritura de Dios”. “Nos los sabemos bien” y tanto los tuvimos que memorizar de pequeños que ya nos puede sonar hueca su recitación. Sin embargo, esta formulación de la Ley Natural, de los mínimos a partir de los cuales se puede dar vida humana sobre este planeta y por debajo de donde no se encuentra más que una bestia racional otrora llamada humana, son el mayor salto cualitativo de Revelación Divina y Evolución Humana en los trece siglos del Antiguo Testamento, un salto de sabiduría y autocomprensión tan alto que, para superarlo, el humano se hubo de aupar sobre la escalera de Jacob que lo levanta hacia el cielo, Jesús. Él es la Sabiduría de Dios encarnada,  el Logos, la Palabra, Revelación de la Nueva y Eterna Alianza, epifanía en la que se manifiesta la altura y la profundidad de la criatura humana a la que Dios se asocia, en la que Dios se hermana y sobre la que Él “se” manifiesta y “nos” manifiesta.

[1Corintios] “Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.”

En Jesús Dios revela el hombre al mismo hombre (leer Gaudium et Spes 22, pinchar aqui: http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_sp.html) para que nunca le perdamos por perdernos a nosotros mismos ni le seamos infieles por no ser fieles a nuestra dignidad personal que clama en nuestra conciencia por ser honrada en nuestros semejantes. Ellos, como nosotros, llevamos en nuestro cuerpo la imagen viva del Cuerpo de Jesús en el que reside corporalmente la plenitud de la divinidad. Así hemos de mirar nuestro cuerpo y el ajeno, a cada persona humana: como imagen del Cuerpo de Cristo. Así hemos de venerar a cada extraño y a cada conocido: como “sacramento” del Hijo de Dios que ha sido plasmado como Su imagen semejante para llegar a ser como Él, con Él y para Él. Eso nos dice cuando nos habla del templo de Su Cuerpo y de nuestro propio cuerpo.

“[Juan] ” ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.’ (…) Pero Él les hablaba del templo de su cuerpo.”