[Lucas] “Se presenta Jesús en medio de ellos. Creían ver un fantasma. Él les dijo: – «¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme, un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. ¿Tenéis ahí algo de comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió.”

Los distintos relatos de las apariciones del Resucitado que nos ofrecen los evangelistas y los Hechos de los Apóstoles tienen unos puntos en común que nos ofrecen un cierto conocimiento del evento metafísico que es la resurrección. Esos puntos en común quedan recogidos en el evangelio de hoy y es muy necesario meditar sobre ellos porque la resurrección de Jesús es el principio y la pauta de la nuestra.

Por la resurrección, todas las dimensiones de la persona son glorificadas, espiritualizadas, elevadas a un plano de existencia superior pero no por ello el cuerpo deja de ser “el mismo” cuerpo, “mi cuerpo”, aunque ya no sea “lo mismo”. El cuerpo resucitado es el cuerpo de la misma persona, el que nació de su madre y reposó en el sepulcro, el que estudió y trabajó, el que enfermó y sanó pero ahora es un cuerpo liberado de los límites de la naturaleza material y mortal, ya es “otra cosa”: a Jesús se le puede tocar pero aparece y desaparece; come o se sienta pero no se le puede sujetar; se le reconoce pero no de un modo evidente ni inmediato.

Utilizando categorías de la física moderna, las partículas subatómicas más elementales se pueden manifestar, indistintamente, como partícula material o como onda de energía sin que se conozca todavía qué determina una manifestación u otra (N. Bohr, Schrodinger, Heisenberg). Teniendo en cuenta que la categoría “energía” es, en el lenguaje de la física cuántica, algo muy cercano a la categoría “espíritu” propia del lenguaje filosófico, podemos atisbar una analogía entre el comportamiento del cuerpo resucitado con el de las partículas fundamentales sobre las que se levanta el Universo.

El cuerpo resucitado ya no pertenece al mundo material sino a la esfera de lo divino, “al universo de la energía espiritual”. Mi cuerpo resucitado sigue siendo mi cuerpo aunque ahora lo es también de Dios pues participa de Su mismo modo de existencia. Así vemos que aconteció con el Cuerpo de Jesucristo y así acontecerá con el nuestro.