[1Juan] “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de ver­dad y con obras. Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él.”

“El Cuerpo de Cristo”. “Amén”. Ya está. Ya hemos comulgado. ¿Seguro? ¿Ya está? A la luz del evangelio de hoy meditemos unos segundos después de recibir al Señor y al acabar la misa en lo que ha sucedido. Hemos recibido en nuestro cuerpo al Hijo de Dios, como en un eco y una prolongación análoga de la Anunciación. Le hemos prestado nuestra carne para que tome carne haciéndose vida de nuestra vida, Vida en nuestra vida de modo que, como hizo la Madre de Dios, lo enseñoreemos al llevarlo donde hayamos de ir pero ahora con el distintivo de la caridad y el servicio.

No, parece que no es así, que no “ya está” cuando recibimos la comunión: ahora se hace posible para nosotros comulgar con Cristo por haberle recibido físicamente en la comunión eucarística; ahora podemos vivir lo que nos mandó; ahora podemos ser cristianos. Es ahora cuando la vida comienza, justo por la eucaristía que creíamos a punto de acabar cuando precisamente comienza la celebración en quienes han sido hechos “eucaristía viva y militante.

La alegoría de la “Vid y los sarmientos”, así como el resto del pasaje evangélico de Juan 15, lo dejan muy claro. Por si acaso, Juan en su primera carta lo explica y lo aplica de modo incuestionable: si vivimos unidos a quien hemos querido libremente comulgar es para comulgar con Su Vida libremente y permanecer unidos a Él. Por esa unión, dejaremos salir Su fuerza y Su Amor por los frutos de Vida nueva con los que manifestaremos en Quién estamos edificados, Quién es el que funda nuestra identidad y porqué seguimos teniendo esperanza y deseos de hacer arder el mundo con esa Buena Noticia que nos una a todos, que nos ponga a unos al servicio de los otros y nos libere de tantos sinsentidos y temores como desfiguran nuestro rostro cristiano y hacen languidecer nuestra fe.

“El Cuerpo de Cristo. “Amén”. En este preciso momento da comienzo el resto de tu vida, que será ahora también Suya. Quién sabe hasta dónde te llevará si permaneces en Él como Él quiere permanecer en ti.

Mientras muchos son activos militantes de causas que dividen y enfrentan, seamos nosotros activos militantes de la única causa que une y hermana a pesar de cuantas diferencias presenten aquellos a quienes entreguemos el Amor que comulgamos. ¡Vive de Cristo! “Amén”.