[Juan] “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros.”

Dios es Amor y la dicha de Su Ser es ser quién y cómo es. Esa es Su alegría, Su sencilla plenitud, Su inalterable y perfecta felicidad. Los mandamientos que emanan de Dios son la Verdad y conducen a ella, ¡conducen a Él!, a quienes los reciben y acogen. Dios es el Bien, la Verdad, la Belleza y nos quiere participar de cada rasgo de Su santa faz, nos quiere para Él ayudándonos a llegar a ser como es Él mismo por el camino de la sobre exaltación divinizante de nuestra humanidad, “y ya sabéis cuál es el Camino”.

Cuando se nos dan de lo alto mandamientos y normas se levanta hasta el infinito nuestra dignidad porque todos los elementos de la “Ley de Dios” muestran el modo de vivir como quiénes somos en verdad, como quienes podemos llegar a ser y en Jesucristo se nos revela en su carne trémula sobre el pesebre, transfigurada en el Tabor, desfigurada sobre el Gólgota y glorificada en Su Pascua hasta la plena divinización de cada fibra, célula y matiz de nuestra humanidad en la de ese hombre de Nazaret que es el Cristo de Dios.

Permanecer en el Amor que es Dios implica haber comenzado a estar en Él, con Él, acogiendo la gracia para existir en esa santa simplicidad que purifica nuestro corazón por la purificación de nuestras intenciones y motivaciones. Con un corazón purificado, transido de pobreza de espíritu, necesitaremos muy poco y lo poco que necesitemos lo necesitaremos poco ya que habremos sido puestos sobre la senda de la santa simplicidad de Dios y Él junto con todos los Suyos -la entera humanidad- serán nuestra paz. Así seremos lo que somos en verdad, humanos, lo que podemos ser llegando cada día un poco más alto por la paz con que las alas del Espíritu nos elevan sobre nuestras propias limitaciones.

Permanecer en el Amor implica conocer la verdad de lo que el Amor significa. El amor a esa Verdad nos llevará a amar verdaderamente, como ama Dios cuya existencia no consiste sino en ser e irradiar la mansa luminosidad de su dicha bienaventurada por el resplandor de la Verdad que nos enseña a acogerlo primero para compartirlo después y ser, finalmente, transfigurados en Aquél en quien hemos permanecido, felices y fieles, auténticos y veraces.