[Mateo] “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo.”

[Éxodo] “Moisés levantó la tienda de Dios y la plantó fuera a distancia del campamento y la llamó «Tienda del encuentro». El que tenía que visitar al Señor, salía fuera del campamento y se dirigía a la tienda del encuentro. Cuando Moisés salía en dirección a la tienda, todo el pueblo se levantaba. El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo.”

El Arca de la Alianza y la Tienda del Encuentro que la recogía eran para Israel el don de dones que Dios obsequiaba a su pueblo elegido plantando la Presencia de Dios, la Shekinah Yahvé, junto al campamento como distintivo y fortaleza ante los demás pueblos. Aunque los israelitas pensaban menos en ello, esa Presencia de Dios “acampando” a su lado implicaba también para cada israelita un comportamiento en justicia y rectitud para con sus hermanos y, de todos ellos, para con los miembros de los pueblos extranjeros.

“Y la Palabra se hizo carne, y ACAMPÓ entre nosotros”.  En este versículo del prólogo de San Juan el evangelista utiliza una palabra con la misma raíz de la que en el Antiguo Testamento era empleada para designar la presencia sacrosanta de Dios: חנה. Teniendo en cuenta la teología del Cuerpo de Cristo que muestra San Juan en el capítulo 2 (cfr. v. 21) y su aplicación al cuerpo de los discípulos en el discurso eucarístico de Juan 6 o en la alegoría del capítulo 15 y la oración sacerdotal de despedida del 17, bien podemos plantearnos lo que supone que Dios acampe en nosotros convirtiéndonos en una nueva tienda del encuentro y cómo eso ha de beneficiar a los demás por la feliz y gozosa rectitud de una vida en la justicia que la divina Presencia puede desencadenar en nosotros… si queremos. Un rato de oración en torno a estas citas seguro que nos ayudará:

Juan 1, 14
Y el Verbo se hizo carne, y acampo entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Colosenses 2, 9
Porque en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad.

Hebreos 8, 2
Como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, que el Señor erigió, no el hombre.

1 Corintios 3, 16
¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?

1 Corintios 6, 19
¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no os poseéis en propiedad?