[Mateo] “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.”

Es sencillo comprender las dos metáforas que utiliza hoy el Señor para hablarnos de lo que el Reino de los Cielos supone para alguien que verdaderamente tiene experiencia de su valor. No resulta ya tan sencillo comprender en carne propia dicho valor porque nuestra mentalidad posmoderna, revestida del subjetivismo y del materialismo que se los inocula por todas partes constantemente, nos inmuniza frente a los valores espirituales. Cuando vemos a alguien parecido a nosotros pero que vive movido por dichos valores se nos despierta un apetito especial porque eso que la otra persona cultiva y disfruta también es accesible para nosotros.

La primera mirada de alguien que anhela ese fervor y entusiasmo evangélicos de quien valora la pertenencia a Jesucristo como el tesoro más precioso la hemos de dirigir a los cristianos de los primeros siglos, cuando ser de Cristo costaba la vida frecuentemente y siempre les ponía bajo el dedo acusador de quienes no le conocían. Desde esta primera mirada podemos buscar a la largo de todas las generaciones, también en la nuestra, cristianos desproporcionadamente generosos que entregan su alegría por el Reino a través de tantísimas formas de servicio, a costa generalmente de tanto de lo propio que para el resto de personas resulta irrenunciable.

Padres cristianos consagrados a sus hijos e hijos que honran con mimo y gratitud a sus padres, catequistas y todos los educadores que perseveran en su afán con ilusión, personas que por su fe convierten su labor cotidiana en tierra de misión, sacerdotes y consagrados entregados, misioneros de cualquier continente…  Ellos pueden despertar en nosotros una mirada profunda sobre nosotros mismos que nos ayude a reconocer lo que podemos ya tener en común con esos faros de luz y esperanza y todo lo que podemos encender con el fuego del Evangelio para iluminar a otros como ellos nos han ofrecido a nosotros su luz, la Luz de Cristo. Apoyados en los demás, sigamos adelante creciendo y construyendo juntos el Reino desde nuestro pequeño surco de cada día.