[Lucas] “Un discípulo no es más que su maestro, si bien cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”.

No es precisamente infrecuente hoy que muchos que se llaman cristianos polemicen con las enseñanzas de la divina Revelación que nos entrega la Iglesia, o bien porque son tan clásicos y “reverentes de la tradición con minúscula” que quieren ser “más papistas que el papa” o bien porque en un sentido de progresismo sin Dios poco a poco se van poniendo en Su lugar para dictar su propia ley como absoluta e infalible. Como siempre, en el punto medio se encuentra la virtud.

Jesús da en el clavo en el evangelio de hoy al identificar la actitud que mueve a los que, por exceso o por defecto, deforman la Verdad con su propia interpretación: juzgar a los que no piensan como ellos y no son como ellos porque o no son tan buenos y santos o no saben evolucionar ya que son “unos carcas”. Sin embargo,  “Un discípulo no es más que su Maestro”.

Todos estamos inclinados hacia uno de los extremos porque el punto de equilibrio siempre es esquivo pero, si tenemos el propósito de tender a ese centro que es Cristo en el que la Iglesia nos ofrece armonía y sosiego, hemos de tener en cuenta los posibles signos que nos indican en qué cosas hemos de rectificar nuestro rumbo.

La Verdad es hermosa y Su Belleza aquieta el corazón y lo esponja de modo que, quien tiende a la Verdad y va siendo progresivamente poseído por ella, es cada vez más auténtico en el mismo sentido en que lo es Jesucristo. Él Señor es esa autenticidad en la que la Verdad y la Justicia no sufren menoscabo por ser revestidas de compasión, ternura y misericordia.

La autenticidad cristiana es, en consecuencia diametralmente opuesta y distinta a la ideología que se cree verdadera y no hace sino dividir y separar mientras endurece los corazones con rasgos cada vez más cercanos a ese integrismo que tan fatal siempre consideramos cuando lo señalamos en los demás. Porque siempre seremos discípulos nunca nos podemos creer en posesión de la Verdad sino poseídos por ella aunque todavía en un modo incompleto que forzosamente nos debe mover a la humildad y al diálogo.