[Isaías] “El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor.”

[Santiago] “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar?”.

[Marcos] “Y Jesús dijo a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: – El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mis­mo, que cargue con su cruz y me siga.”

Las lecturas de hoy nos pueden parecer de un tono cuaresmal un tanto anticipado pero si bien la vida cristiana es más una vida pascual por la fe en Mesías resucitado, es evidente que para identificarnos con Él en la Resurrección y en la gloria nos hemos de identificar primero con su forma de vivir y con la incomprensión y las persecuciones que ello le comportó hasta la muerte en Cruz.

Destacaré tres ideas de las lecturas desde las que proponer un sencillo mensaje: el enviado de Dios, por evangelizar con la Palabra y con las obras, siempre sufrirá rechazo y oposición; Dios se hará más cercano y providente cuanto mayores injusticias soporte quien acepta ser enviado en Su Nombre; si un cristiano no muestra con sus obras desde el Evangelio quién es Aquel en quien cree es porque ya dejó de ser cristiano, pues ha dejado morir su fe por conformar su conciencia y sus opciones con las de los hombres y no con las de Dios.

En estos tiempos de tanta hostilidad contra la Iglesia, cuando la injusticia social y la corrupción imperan por doquier, en el momento de la historia en que nos jugamos la supervivencia de la raza humana por el deterioro superlativo del planeta que estamos produciendo por creernos dueños y señores de cuanto nos cabe entre las manos, hemos de tomar esas tres ideas anteriores y replantearnos nuestra forma de afrontar cada uno de estos frentes en los que militar como cristianos o desertar como apóstatas.

¿Formo mis opiniones y hago mis opciones desde la identidad cristiana que, con la Palabra de Dios, la Iglesia nos propone o me acomodo a los dictados morales de la sociedad para evitar enfrentamientos y no renunciar a placeres y bienes apetecibles?

¿Uso, consumo y disfruto los bienes de la tierra a mi alcance desde una conciencia social que tenga en cuenta a quienes no pueden acceder a ellos? ¿Tengo presente en mis hábitos cotidianos que con este ritmo de consumo seguiremos empobreciendo a la hermana madre Tierra, sin darle tiempo a recuperarse para seguir sosteniéndonos a todos?

¿Enriquezco mi vida teologal con la oración y los sacramentos de modo que siempre tenga la certeza de la cercanía providente de Dios para poder encajar lo que las opciones evangélicas hoy pueden acarrear contra mí desde mi entorno social?

Desde estas tres preguntas que cada uno componga su propia homilía, conscientes de que de lo que decidamos y hagamos hoy dependerá nuestra vida de mañana y la verdad o falsedad de nuestra comunión con quien ha venido a salvarnos de una vida mundana y sin Dios que sólo puede conducirnos al desastre individual y colectivo.