[1 Timoteo] “Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven.”

[Lucas] “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.”

Vivir en gracia es otro modo de decir que se cultiva y se mantiene la vida de comunión con Cristo  a través de la oración y de los sacramentos pero también a través de todo pensamiento, intención u obra que secunde las mociones de Dios, que así nos conduce, cada vez más, a una comunión de mente y corazón con el Señor. Jesús.

Por la comunión con Cristo sembrada en el hondón del alma, en lo más profundo de la conciencia y desde ella en todo el ser, se participa de los sentimientos y motivaciones del Salvador de los hombres, se participa gradualmente de su amor a toda humana criatura.  De ahí brota una oración de intercesión y súplica por los demás que no encuentra barrera ni frontera alguna, una oración de intercesión refrendada y sostenida por esa forma de relacionarse con los demás que hace realidad para los más cercanos lo que se implora para otros.

Una persona de oración tendrá apertura de corazón a los hermanos por su apertura y cercanía para con Dios. Esa es la prueba y la garantía de una auténtica vida de oración. San Juan Crisóstomo llegó a expresar con mucha claridad esta unidad entre el amor a Dios y el amor a todo ser humano: “¿Deseáis honrar el cuerpo de Cristo? No lo despreciéis cuando lo contempléis desnudo […], ni lo honréis aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonáis en su frío y desnudez”.

La dolorosa paradoja es que, a veces, quienes dicen no creer pueden estar viviendo la voluntad de Dios mejor que los que se dicen creyentes.