[Marcos] “Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.”

En Jesús vemos como la palabra “autoridad” alcanza en su ejercicio su más puro significado etimológico. “Autoridad” viene del latín “augeo” que significa “aupar”.

Tener autoridad y ejercerla legítimamente significa servirse de una posición más elevada que la de los demás (por estudios, bienes materiales, capacidad de decisión, cargo…) para levantar a otros como un apoyo y una ayuda eficaz, como vemos en Jesús que con plena autoridad como Hijo de Dios sirve y lo hace para que aquellos que reconocen Su autoridad puedan vivir mejor y tender a un encuentro de fe con Él que les cambie la vida para siempre.

¿Dónde quedan los que no reconocen la autoridad? El mismo Evangelio nos da la respuesta: (Jesús) “No hizo allí (en Nazaret) muchos milagros por su falta de fe.”  Hasta los demonios reconocen en Jesús al Mediador entre Dios y los hombres, al “Santo de Dios”, y por ello son colocados por el Señor en el lugar que les corresponde y ellos se someten. Quienes no tienen fe ni hacen por tenerla no reconocen al Mediador como a quien es y se colocan fuera del margen benéfico en el que Su autoridad se ejerce.

Todos los que formamos una comunidad como, por ejemplo, los religiosos o los miembros de una parroquia, hemos de tener autoridad unos para con los otros en el sentido de que pongamos todo lo que nos puede hacer tener una posición aventajada respecto de los demás al servicio de éstos para que todos podamos crecer juntos y caminar por ese único camino que es Cristo y al que solo podemos tener desde la comunión fraterna, desde la verdadera autoridad que solo reconoce la fe recta y que solo tiene aquel que no busca mandar como ejercicio de poder sino usar lo que su posición le brinda para el bien de los otros desde donde su posición le sitúa.