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[Mateo] “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
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“El fin justifica los medios” es una máxima convertida en ley en muchos estamentos de la sociedad, en particular en el mundo de la política y de la gran empresa, introduciéndose progresivamente en la conciencia colectiva de la ciudadanía como un axioma innegociable por el eclipse provocado sobre los principios morales que orientan en el discernimiento de las fronteras entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, lo justo y lo injusto.

Un medio moralmente malo, ilicito, no cambia su calificación, su esencia, por utilizarse para lograr un fin bueno. Es aquello de que “de buenas intenciones está empedrado el camino hacia la perdición”. La motivación por la que hacemos algo es fundamental pero no lo es más que la esencia moral de “ese algo” que perseguimos. Así, la afirmacion de Jesús sobre la limosna “que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha” no contradice esta otra del evangelio de hoy “Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras”.

Un acto bueno, como ayudar a alguien de cualquier manera, incluso con dinero, puede perder esa calificación moral de licitud encomiable si lo que persigue no es tanto el bien de es persona sino otra cosa, como la satisfacción de sentirse bueno, el deseo de compensar otras carencias, buscar ser mirado con reconocimiento o admiración, etc. Estos sentimientos y otros tantos semejantes pueden ser consecuencia de un acto bueno pero cuando se persiguen como fin “o como co-fin” junto al de hacer el bien, ese acto pierde su esencia, dejando de ser un acto religioso de culto a Dios y de reconocimiento de la dignidad del prójimo para pasar a ser un ejercicio egolatrico de manipulación de Dios y del prójimo.

Hemos de confiar siempre en nuestra capacidad de discernirmiento cuando alimentamos nuestra conciencia con la luz de la Revelación que, a través de la Palabra de Dios y de la de la Iglesia, convierte dicha conciencia en sagrario último de la voz del Señor. De forma semejante, hemos de desconfiar siempre de las mociones y motivaciones de nuestro ego natural pues es primitivo y siempre se vuelve hacia sí mismo como consecuencia del pecado y bajo las tentaciones que punzan y alimentan ese primitivismo que se manifiesta en la arrogancia, en el afán de apariencia o preponderancia, hedonismo, agresividad como autodefensa, etc.

Es la lucha del espíritu de la carne contra el Espíritu del Señor que S. Pablo expone sapientisimamente en los capítulos 6 y 8 de Romanos, una lucha en la que hemos de tomar parte para favorecer la luz y la fuerza que nos dona el Espíritu Santo o tomaremos parte por todo lo contrario haciendonos víctimas de nosotros mismos y, a buen seguro, verdugos de algún otro.