

En la fiesta de San Bernabé, un apóstol, bien podemos encontrar en estos tiempos de expectación por el nuevo papa y siempre en búsqueda de sinodalidad y de discernimiento en fraternidad e igualdad una llamada a recordar la igualdad radical que une a todos los cristianos en un pueblo de comunión gracias al único Bautismo que nos hace pertenecer al único Señor con una y la misma fe viviendo por la Caridad. Mirando a las fiestas de la semana pasada y de la semana por venir, tan particularmente pascuales y eucarísticas, la Iglesia nos repropone lo que sostiene todo acto de culto y toda manifestación publica de fe: la caridad fraterna que se vive desde la necesidad y la urgencia de la Justicia como verdadera manifestación publica de fe cristiana.
Ser cristiano es vivir desde el don recibido en el Bautismo que da el sabor de la Vida de Cristo a la propia vida; es vivir y optar desde la iluminación de Su Espíritu Santo para tender al Bien y a la Verdad cada vez con mayor claridad y facilidad. El sabor y la luz de la Vida de Cristo en el cristiano no son un spot publicitario a exhibir sino un bien enorme para esa persona que, por consiguiente, han de repercutir en el bien común, en el bien integral -tambien en lo espiritual- de todos los que se relacionen con ella. No hagamos por exhibir las consecuencias divinamente humanistas de nuestra fe pero tampoco ocultemos la luz de Dios que Él enciende en nosotros.
Para que todos los cristianos podamos mantener encendida con verdad la luz de Cristo en nosotros y mantener el valor alternativo del sabor de Su Vida en nosotros nos han sido dados los Pastores de la Iglesia, los obispos, sucesores de los apóstoles. A través de ellos se nos dan los bienes de la salvación y por eso decía San Ignacio de Antioquia que el obispo visible hacía presente al obispo invisible que es Cristo: “Todo con el Obispo; nada sin el Obispo.” Esta vocacion les exige a ellos, los obispos, vivir con gran responsabilidad y temor de Dios para no defraudar al que los llamó ni a aquellos para quienes fueron llamados por Él. Esa vocacion nos exige a nosotros recordar que el cristianismo ni es una religión a la carta ni da cabida a una suma de pequeñas pseudo iglesias fundadas por cada uno de los que quieran pontificar en nombre propio. Recordemos siempre que “nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre” (san Cipriano de Cartago). Si decimos a boca llena “A Jesús por María” apliquemonos igualmente este otro axioma incontestable: “A Jesús por la Iglesia y como Iglesia”.