

[Mateo] “Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”
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Seguimos avanzando por el Sermón de la Montaña con esa sensación de vértigo en las entrañas ante cada paso con el que Jesús nos explica desde el discurso de las Bienaventuranzas cómo es Él y cómo podemos nosotros comenzar cada día a reformar cada aspecto de nuestra vida para que en todos ellos resplandezca el rostro de Cristo con creciente claridad. ¿Qué otra cosa si no significa “ser cristiano”?
El evangelio de ayer ponía las bases del evangelio de hoy que nos lleva a un nivel más alto en lo relativo a la forma más noble y elevada de amor, el perdón gratuito y auténtico, un perdón que sólo Dios puede otorgar aunque pueden emularlo y crecer en él todos aquellos que, siendo hijos de Dios, se dejan iluminar y fortalecer por el Espíritu Santo mientras se alimentan con el Cuerpo vivo y vivificante del Hijo unigénito del Altísimo. Ascensión, Pentecostes, Santísima Trinidad, Corpus Christi. No digamos que la Iglesia no nos enseña a escalar mientras nos dota de “todo el equipo” para poder hacerlo.
Y ¿cómo puedo perdonar a quién se considera mi enemigo, a quien me ha hecho daño cien veces y otras cien me lo volverá a hacer, incluso sin pedirme perdón en ninguna ocasión? Hacerlo se puede hacer, cómo nos prueba Jesús en la cruz, mientras sus enemigos lo descuartizaban vivo, con jactancia y risotadas, mientras Él rogaba al Padre misericordia para ellos.
Ante este argumento, muchas veces he escuchado responder: “Claro, es que Jesús es el Hijo de Dios.” Y se nos podría decir, ¿Acaso tú no lo eres? ¿Acaso tú pequeñez humana no está llamada, sostenida y nutrida por el más fuerte para que tu flaqueza de criatura nunca sea freno para la omnipotencia del divino Amor? ¿Acaso ser cristiano es otra cosa que seguir al Maestro a través de la intimidad de la comunión en el Amor para que no seas tú sino Él y tú, Él contigo, Él en ti quien te lleve hasta las cotas más altas de lo que significa ser hombre y en Él se nos manifiesta?
Si somos realmente honestos, quizá lo que de todo este mensaje se nos hace más inabordable es que nos hemos creído que ser cristiano es ser lo que somos hoy y no queremos arriesgarlo todo ni desprendernos de casi nada por comenzar a ser de Cristo verdaderamente, de una vez y cada vez más. El movimiento se demuestra andando y a bailar se aprende bailando.